
Apariciones
Tengo aún fresca la imagen de una fiesta a la que fui con dos compañeros de mi residencia, Thomas y Juan Carlos. Era en un sexto piso en el norte de París. Había gente por todos lados, (algunas personalidades menores) y el mesón de la cocina repleto de botellas. Comentábamos que la música estaba a todo volumen, pero que los vecinos todavía no se habían venido a quejar . «Están de vacaciones!» gritó uno de los invitados mientras bailaba saltando.
Varias horas después, me desperté en una posición incomoda en un sofa demasiado estrecho. Thomas dormía en una silla y Juan Carlos por el piso. Las cortinas entreabiertas dejaban entrar los primeros resplandores del alba. La noche se demoraba bajo los techos de la ciudad.
Vamonos a dormir a la casa, les dije. «Que qué » preguntó Juan Carlos en la lengua gutural de los dormidos. Respondí: que la luz del día es la maldición de los enguayabados, que mejor nos metamos al metro y lleguemos rápido a la casa... Imaginense estar durmiendo en la camita. Entonces Thomas movió las manos como un comatoso que vuelve a la vida. Y Juan Carlos se paró al baño a «cambiarle el agua a las aceitunas».
Una claridad purpura flotaba en la oscuridad azul del cielo. Y en la fachada sombría del edificio de enfrente brillaba la luz eléctrica de una ventana. Del otro lado del vidrio, sobre el gris de las paredes, resaltaba el blanco del lecho. Deshecho. Y la piel rosada de una rubia, envuelta en una toalla, la cabeza, que cruzaba desnuda la puerta del baño.
Sus brazos eran delicados. Las tetas juveniles reclamaban besos a la altura del pezón, que era delicioso y puntudito. La curva de la cintura, como para acariciarla, se ensanchaba por debajo del ombligo. Y, a la distancia de tres besos, nacía el pubis de oro, ligeramente poblado, calientico y encerrado entre el valle de las piernas. Los muslos bien torneados. Las nalgas como para meterles mano, y poner al descubierto el coño de fresa.
Thomas abrió un ojo y me preguntó con ronquera de dormido: «qué miras?». Yo respondí «un ángel». Y no acababa de decir eso, cuando ya lo tenía a mi lado presenciando el milagro. Enseguida volvió Juan Carlos y, sin decir palabra, asomó la cabeza entre las cortinas para ver a la joven.
Los tres alababamos su femineidad con desvergonzado morbo mañanero. La situación lo exigía: cogió la tanguita que estaba sobre la cama y se la empezó a poner lentamente. Empujó el hilo entre las nalgas hasta que el triángulo de tela se posó, por delante, sobre la piel de su intimidad. Fue a buscar el brasier, levantó la cabeza y, a través del vidrio, su mirada se cruzó con la nuestra. Se acercó como una gata a la ventana y desplegó de un manotazo la cortina.
Curiosidades lingüísticas
Cuando estaba en Barcelona, me crucé un día con una señora que paseaba a su bebe en un coche. Si ellos le dicen «coche» al «carro» -me dije- entonces cómo carajos le dirán a este aparato? «Carrito», me respondió la señora mientras yo la miraba con cara de perplejidad. Para mi eso fue una revelación. Fue la contemplación instantánea del punto de mayor distancia entre nuestra lengua y el castellano de España. Como si de repente el habla de ambos pueblos se me hubiera representado como las dos caras de un rey de espadas: iguales, pero al revés.
Los colombianos que nos sentimos muy orgullosos de la originalidad de la expresión «gonorrea», esa grosería que parece obra de doctores, deberíamos empezar a pensar en algo más novedoso. Está escrito en la pared de un baño inglés, en The end of the affair (1951) de Graham Greene: «A todos los golfos y las putas una buena sífilis y una feliz blenorragia».
El rumano, que es la lengua de los descendientes de Drácula, es coincidencialmente una de las lenguas más hermosas a la hora de maldecir. Puede uno encontrarse con expresiones que parecen sacadas de un grabado antiguo inserto en un tratado de necrofilia. Por ejemplo: «J’ti fut mortii matii», que significa: «Voy a culearme a los muertos de la familia de tu madre».
Habría que analisar las groserías colombianas de manera parecida a como lo hizo Octavio Paz en El laberinto de la soledad. Debo confesar que ese no es mi propósito. A mí me gustan las groserías en un nivel más básico, digamos contemplativo.
Para concluir, recomendamos dos juegos el día de hoy:
George Bush y La Reina Isabel luchando contra el terrorismo:
Bush Royal Rampagey
George Bush y Condoleezza Rice defendiendo la Casa Blanca:
Bush Shoot-Out....................................................................................................................................................