miércoles, junio 22, 2005

BATUCADA

Estoy comiendo Frosties, leyendo el periódico y revisando unos cuantos blogs que me gustan, antes de pegarme una ducha y ponerme a leer. Lo de postear entre semana no es habitual en mi. Ultimamente no le escribo a nadie. Tengo un costalado de e-mails por responder, y entonces me dice mi conciencia: «en vez de andar posteando güevonadas, siéntese mas bien a estudiar o por lo menos a responderle a sus amigos». Pero creo que ellos entienden que no tengo mucho que contar y que no importa si respondo hoy o la próxima semana, pues el tiempo unicamente existe bajo ciertas circunstancias. Esto no lo puedo explicar, pero tengo la sensación de que sólo somos conscientes de su presencia cuando estamos bajo presión. Por lo demás, no hay sino una delicada variación de la luz. Es como si la historia fuera una pintura gigantesca que solamente se agitara a los ojos de los personajes en ella representados.

Por ejemplo ayer. A las seis de la mañana terminé el informe sobre el estado de mi investigación y se lo envié por e-mail a mi director para que lo leyera cuando se despertara. Una vez hecho esto me acosté a dormir. El despertador sonó a las 10h 30, desayuné Frosties y leí rápidamente los titulares del periódico (leo que el congreso planea reducir las pensiones de los jubilados que reciban menos de tres salarios mínimos, por economía, y dejar intactas las pensiones millonarias. Gracias! Ese es el tipo de canalladas que me dan el coraje necesario para salir a enfrentar el mundo moderno). Después imprimí una copia de mi informe y salí corriendo para la universidad. No voy a transcribirles toda la conversación que tuve con mi director de investigación, basta decir que esta fue la última frase que me dijo : «y quiero que me envié cuanto antes el plan de trabajo con los capítulos comentados, luego ya veremos». Cogí el metro con la sensación en la espalda de que el gigante de Atlas se había ido a tomar unas cervezas y me había dejado sosteniendo la tierra. Pasé por el mercado. Me compré una pizza congelada. La metí en el horno y mientras tanto me senté a leer Libération en la mesa de la cocina. Almorcé en compañía de Marein (no me acuerdo como se escribe su nombre, pero se que así se pronuncia) y me acosté a dormir toda la tarde. A las seis L y K tocaron a mi puerta y nos fuimos a la calle porque era la fête de la musique. Estas grandes ciudades necesitan de vez en cuando un carnaval que sea una válvula de escape de todo el estrés de la población. Los corredores del subterráneo estaban tan llenos de gente que le dije a L : «même les fous qui ne voient jamais la lumière sont sortis de leur cachette!» Y no sólo ellos, hasta los niños estaban en la calle bailando. Pasamos bajo una arcada donde se escuchaba « sabor, aquí está la salsa con changa y rap es mucho mejor ». Luego, en Châtelet, un grupo de africanos tocaban unos tambores con fuerza, ejerciendo una acción hipnótica sobre los pasantes. Recorrían las calles y la gente los seguía gritando y bailando. Allí estábamos nosotros limpiándonos la mente de pensamientos y moviendo el esqueleto entre una multitud de negros. Luego, fuimos a la mairie du 3ème donde tocaban varias batucadas y sobre esto no hay nada que decir pues el cerebro nos había dejado de funcionar desde la sesión de los tambores. Reconstruyan ustedes la escena con estas pocas imágenes que flotan en mi memoria : Un tumulto bailaba en la calle y en el centro sonaban pitos y percusiones. Confundidas entre la muchedumbre, las parejas palpitaban pornográficamente. Todo el mundo sudaba. Los músicos nos querían estallar los oídos, pero a nadie le importaba. Tara, tara, ta, pum, pum, pa. Y así casi toda la noche. Luego, pasamos por una calle donde un dj tocaba, y las infatigables L y K se pusieron a bailar. Yo me senté en el anden a tomar cerveza y a mirar: habían muchos niños, adolescentes y gente de mi edad, una cuchibarbie, con una botella de champaña y un vestidito negro pegadito, que se movía muy sensual. En la esquina había una barbacoa y el humo pasaba fatasmagóricamente bajo las luces de colores… Y el resto se lo tendrán que imaginar porque ya escribí más de la cuenta y me tengo que ir a estudiar. Hasta luego, queridos lectores.


domingo, junio 19, 2005

En pocas pálabras

Por estos días el Planeta en Pantaloneta debería llamarse El satélite en calzoncillos, pues andamos tan ocupados, que pasamos de nuestros memorables artículos sobre la actualidad planetaria a estas breves notas sobre mi vida personal:

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Estoy asombrado de la rapidez con que pasa el tiempo. De lo inasible del presente. Proponía Octavio Paz que dijéramos «Este instante», para así cobrar conciencia de que el instante mencionado se ha esfumado mucho antes de ser nombrado. Y esto no lo digo por dármelas de metafísico, sino porque tengo que escribir ciento cincuenta páginas en francés para septiembre y ahora tengo como nunca antes la sensación de que el tiempo pasa volando. Por eso llevo un diario: para tratar de atrapar el tiempo entre mis manos. Para congelar lo que ya pasó y mirar mas detenidamente. Para sentir que las cosas van más lentamente, que no nos estamos cayendo precipitadamente en el abismo de la muerte. (Huy! Qué frases, Dios mío! En este punto se debería escuchar un redoble de tambor con platillos y pandereta o un silencio absoluto interrumpido de repente por un viento frío que sopla en la nuca del lector).

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París ya no es la ciudad de Baudelaire ni la de los pintores de las vanguardias ni la de mayo del 68. La gente dice que se ha vuelto una ciudad de ricos y eso parece comprobarse en el precio de los alquileres. Muchos no le perdonamos no ser la París que habíamos aprendido en los libros. Pero encontramos por todos lados las huellas de esa imagen, y nos aferramos a la ciudad real tratando de ordenar los fragmentos de la ciudad perdida.

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Hoy fui a leer al jardín Luxemboug y, como es el año de Brasil aquí en Francia, habían unas garotas conspirando contra mi lectura al ritmo de la samba. Sobre todo una... qué manera de mover las nalgas y las caderas! Hay que ir a Brasil!

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Leyendo Las máscaras democráticas del modernismo de Angel Rama me encontré con que Julio Herrera y Reissig escribió hacia 1900 un libro en el cual criticaba las costumbres, la moralidad y la sexualidad uruguayas. El libro se titula Los nuevos charrúas («charrúas» era el pueblo amerindio que habitaba el Uruguay a la llegada de los españoles), lo cual equivaldría a decir, aludiendo a los colombianos, «los nuevos chibchas» o, si se quiere, los «chibchombianos». «Choliwood» es una expresión similar que utiliza Magaly Medina, de Magaly Tv, la urraca de la perubólica, para referirse a la farándula criolla. Se trata de una terminología a todas luces racista que puede ser leída, sin embargo, como un recordatorio de que no somos norteamericanos ni europeos (a los señoritos que hacemos estudios en el exterior de pronto nos sienta bien este ejercicio de memoria). Cita Angel Rama algunos fragmentos del libro que me parecen muy interesantes: «Durante el noviazgo se abstienen de besar a sus vírgenes. Son tan ideales! Sin embargo se ceban para casarse, con tres meses de anticipación. Toman huevos candiales, depurativos para la sangre, aceites de bacalao. Y todo con tan buen gusto. Guardan asimismo abstinencia y se ponen alcanfor bajo el vientre para no excitarse por la noche; pues en ese caso perderían los ahorros testiculares que acumulan prudentemente para obsequiar a sus prometidas con un regalo de bodas que vaya bien a su castidad. Cuéntase de un joven que echó once la primera noche, los tres primeros sin sacar como dicen los uruguayos». Y qué tal esta descripción de la idiosincrasia uruguaya que es toda una antítesis del nacionalismo, y que sin embargo parece decirnos más sobre la sicología de nuestras naciones que el conjunto de los discursos patrioteros: «tras el derretimiento meloso de su fisionomía, late una solapada perversidad, un tenebroso instinto de hacer el mal sin que nadie lo advierta, una estrategia púnica, una barbarie troglodita, una envidia roedora, un odio viperino, una gula reconcentrada de sobreponerse al prójimo y humillarlo con deleite». Un libro que vale la pena leer y que desde ya figura en mi lista de lecturas pendientes... para cuando cumpla con mis malditas obligaciones académicas.

Jardin du Luxembourg: 1, 2, 3, 4, 5.


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