lunes, junio 13, 2005
Estoy sentado en mi mesa que está hecha un desastre: el lado izquierdo cumple las veces de comedor, el derecho de escritorio. Permítanme describirla no más que para que se hagan una idea del ambiente que me rodea. Miro a mi izquierda : Una lampara verde, un periódico, unos tomates, unos aguacates africanos (en París es posible conseguir yuca y plátanos en las tiendas africanas, y así por ejemplo el sábado estuve en la casa de Juliana comiendo patacones con guacamole). Al lado de los aguacates hay un jugo de piña, dos papas, una botella de agua, varios frascos de yogurt que utilizo como vasos, mi única olla con los restos del almuerzo de ayer... debería haber una cacerola sucia al lado, pero me la robaron. Como dato curioso déjenme contarles que el otro día estaba en la cocina esperando que el queso de una pizza congelada se tostara en el horno, cuando de pronto llegó Samuel. El estaba llevando a cabo el mismo proceso en la cocina del segundo piso (acá sólo se comen pastas y pizzas congeladas) y bajó para hablarme con nostalgia de la magnifica sazón de su casa. Bla, bla, bla, bla, bla, bla. Nos despedimos y yo me fui para mi cuarto a comer solo como un salvaje asocial.
Hace unos días me encontré una gata en la calle y como le vi cara de abandonada la llevé a mi cuarto con la promesa de una lata de atún y una adopción inmediata. «Miaou» -así se llama- estaba pulgosa y eso me persuadió de acatar la orden del vigilante: prohibido tener mascotas. Sin embargo, ella continuó viniendo durante cuatro días, en los cuales se granjeó el afecto de más de un corazón desolado. En realidad « Miaou » estaba en celo y venía a buscar al gato de Madame la directrice. Bueno, eso creo. El punto es que ese día, Zinedine, un compañero argelino, vino a preguntarme por la salud de « Miaou » (la pobre en sus correrías amorosas se había olvidado de comer y un grupo de voluntarios la alimentábamos mientras ella se dedicaba al coqueteo). Era el día quinto de la era «Miaou» y con tristeza le dije : «se fue sin decir adios». Y él replicó : «así son todas... Ah! Y me encontré a Samuel en la cocina, estaba muerto de hambre y de rabia, es el colmo, alguien le robo la pizza del horno!». Y aquí yo insulté en francés en todas direcciones. A dónde hemos llegado? Que vengan los siete jinetes del apocalipsis en el acto y arrasen con este mundo miserable! Creo saber quien fue, pero como no tengo ninguna prueba mejor cierro el pico. Ah! Como me habría gustado descubrir infraganti a ese idiota que se cree un dios jugando al ajedrez. Hijo de dictadorzuelo, sátrapa, terrateniente o potentado. Niño malcriado que viene a tratar a todo el mundo como si su reino no tuviera limites.
Pero estaba describiéndoles el estado de mi mesa: después de la cacerola que no está, podrán encontrar una botella de aceite de oliva (cocino con muy poco aceite, y cuando es el caso con aceite de oliva. No como carnes rojas, ni cerdo ni pollo. Las papas fritas las hago en el horno. Creo que no me voy a morir por exceso de colesterol. Casi no utilizo azúcar. Para qué si todo viene endulzado? La sal sólo una pizca. Detesto el exceso de sal desde una vez en que, estando en el colegio, un compañero llevó a clase de ciencias un gran terrón de sal mineral, que fue fragmentado e interrogado por el ojo crítico de la ciencia infantil: unos lo miraron en el microscopio, otros lo intentaron atraer con un imán, yo me lo comí. En mi cuaderno describí los efectos: sed infinita y dolor de cabeza... La pimienta y el ají me gustan más que el cloruro sódico. Qué importa si algún día descubren que el picante da cáncer: doctor, no se puede cubrir a la muerte por todos los flancos. Haciendo un esfuerzo por domeñar al potro de la digresión, permítanme continuar con mi inventario del desorden: luego hay una taza con una bolsa de té petrificada (me pasé de café a té desde que me di cuenta que después de cinco expresos empezaba a padecer de parkinson), unas fresas, un descorchador (para venir a Francia hay que tener una visa y un descorchador), mi grabadora azul que fue herencia sentimental de una novia gringa de verano, unas cebollas compradas en la épicerie (la épicerie es una tienda de abarrotes atendida por un francés de origen magrebí. Hace poco un programa de televisión demostró que si uno se llama Mohamed o Mamadou resulta más difícil conseguir ciertos trabajos que si la mamá le puso a uno Jacques o François. Por eso ahora quieren instituir "le CV anonyme": un curriculum vitae donde no figure el nombre ni la raza del candidato), luego viene la taza con forma de vaca que me regaló una polaca, la caja de cereal, un pedazo de pan petrificado, más frascos de yogurt, la sal y la pimienta, una lampara azul, una ramita de brócoli. Esperen, está sonando el teléfono...
Hace ya 24 horas que sonó el teléfono y en mi escritorio ya no reina el caos. Ahora no hay nada, pues esta mañana pegué una arreglada general que aspira a ser reflejo de mi disposición mental. Cada cierto tiempo recojo todas las cosas que voy dejando sobre la mesa, clasifico los libros y los periódicos, luego paso una esponja, tiendo la cama y arrojo toda la ropa dentro del clóset. Pero, oh! Horror! Del orden no hay nada que decir. Es estéril: no es un sujeto literario. Mi cuarto queda convertido en un insípido campo de golf. Por fortuna el desorden siempre retoña bajo la forma de una taza de té olvidada, de una media tirada sobre una silla o de un periódico patiabierto.
Dice éste último que Florence Aubenas, la enviada especial de Libération en Bagdad, y Hussein Hanoun, su interprete iraquí, secuestrados hace cinco meses en Irak, al fin fueron liberados. Anoche ella llegó a París y hoy le hicieron una fiesta. Esta noticia me llena de alegría y de alivio. Acostumbrado a ver a los secuestrados colombianos muertos, no puedo evitar conmoverme por la buena suerte de los rehenes extranjeros y sus familias. Le pregunta una lectora a Patrick Sabatier, director adjunto de redacción de Libération: «¿Qué se ha previsto para la liberación de Hussein? ¿Va a recibir una indemnización u otra cosa?» Y responde Sabatier: « Hussein está libre con su familia en Bagdad. Durante todo el tiempo de su detención él continuó recibiendo su salario, como cuando trabajaba libremente para nosotros. Hemos previsto organizar en unos cuantos días su llegada a Francia para que descanse y se aleje un poco del infierno de Bagdad. Luego, será necesario discutir con él qué desea hacer y dónde desea vivir. El dijo que no quiere trabajar más con los medios de comunicación y que no estaba seguro de querer permanecer en Irak». («Certaines informations ne peuvent être révélées», Libération 13/06/05).
Au revoir, queridos lectores !
PS: El Planeta en pantaloneta, como es un periódico gratuito, no puede darse el lujo de funcionar las veinticuatro horas del día, sino que laboramos dependiendo del tiempo que nos deja el proyecto de postgrado que últimamente nos tiene confinados en la biblioteca. Pido paciencia y prometo seguir recompensando la fidelidad de los lectores, así sea con chismes personales o con pequeños comentarios de cine como este: Ayer me vi Bonnie and Clyde y quedé sin palabras. Me pareció la prueba máxima de que para hacer una buena película de acción no hace falta ir a la velocidad de la luz (aquí van en carros de los años treinta, de esos que se pueden alcanzar corriendo). Lo fundamental es saber narrar. Eso sigue siendo lo esencial, no importa si se cojea o si se vuela por las galaxias.
