lunes, mayo 09, 2005
DIARIO DE VIAJE
Acabo de entrar a mi cuarto cargado de maletas. Vacío mi mochila y esto es lo que cae sobre la mesa: mi billetera (no quiero abrirla ni verla), un trozo de pan, la cobertura de un queso, una cuchara de una heladería, dos corchos de vino, una tapa de cerveza, el papel mantequilla sobre el que servían la pizza callejera de alcachofas, una lata de atún, las semillas de varias aceitunas gigantes, el tallo de una rosa, una crema y una chocolatina de avellanas, una servilleta de un café, mi pasaporte, mi cepillo de dientes, el horario del bus, varios mapas, folletos de museos, tiquetes de barco y mi Diario de viaje.
En este último están registrados todos los detalles del recorrido. Desde las temperaturas hasta las letras de las canciones, pasando por los teléfonos, las direcciones, los relatos, las reflexiones, y allí donde me habría gustado tomar una foto hay en su lugar un dibujo.
La primera anotación está fechada el 4 de mayo de 2005 a las 8 y 30 pm :
Ah ganas de escribir! Voy en el bus camino a Italia. Estoy junto a Ecaterina, una chica rumana que lee Franny and Zooey y que se dio cita en Venecia con su hermana que viene de Bucarest. Está lloviendo. La carretera está rodeada por un bosque. Todavía hay luz. A mi izquierda están sentados un colombiano y un español: Héctor y Francisco. Detrás de ellos dos inglesas : Alice y Sofia. Luego un peruano: Alvaro Salem. Lo siguen una francesita que se llama Laurence y una checa que se llama Carolina Rybarová.
El lunes de la semana pasada, luego de almorzar, Héctor y yo nos tumbamos a tomar el sol en el prado de la Ciudad Universitaria. El día anterior él había llegado de Alemania, y dos días después partiría conmigo, con Francisco y con los otros a Venecia. Entonces me contó que en el tren de Berlín a París se había cruzado con muchas personas que, como él, viajaban completamente solas. Y luego señaló, a propósito de nuestra eterna plática sobre la diferencia entre viajeros y turistas, que para viajar no hace falta estar acompañado, mientras que el turismo siempre se debe practicar en grupo. Y yo anoté: otra diferencia es que para "turistear" hay que llevar una cámara fotográfica, en tanto que no es posible viajar sin llevar un diario. Vivo denigrando del turismo. Para mí es expresión de muchos males de nuestra época: la prostitución, la contaminación, el despilfarro, la superficialidad, la aceleración del ritmo de vida, etc. Conozco muchas personas que se han paseado por medio mundo pero que no han aprendido nada, que viajan como quien ve televisión. Por eso si yo fuera un gran dictador prohibiría el turismo y en compensación estimularía el viaje.
Conocer Venecia en "tres días, dos noches", eso me parece inmoral. Me gustaría quedarme por lo menos un año. Esa es una de las razones por las cuales no quería venir, pero mis amigos me convencieron: no todos los días se puede ir a Venecia por tan sólo cincuenta euros....
Es cierto que para viajar se necesita dinero, pero sobre todo coraje. De eso carecen los turistas que no pueden visitar un país extranjero sin tener todo planificado: el dinero contado, las reservaciones de los hoteles, los tiquetes de vuelta, 4 calzoncillos, 4 camisetas, 4 calcetines, dos pantalones. Un día de estos voy a mandar todo al carajo y me voy a arrojar a la aventura... pero, por ahora, trato de hacer turismo como un viajero. Ello quiere decir que no busco tener simples sensaciones epidérmicas y retinales (como adquirir un bronceado y tomar unas cuantas fotos), sino que pretendo interactuar con la gente y vivir experiencias transformadoras. Tal vez soy demasiado pretencioso.
En la página siguiente de mi Diario de viaje están anotadas la dirección y el teléfono del hotel, y los resultados de los informes metereológicos. Durante las horas siguientes no apunté nada, pues el resto de la noche intenté dormir, y el jueves, luego del desayuno ("Buon giorno, un capuccio per piacere", amanecimos en Italia), me senté en el bus junto a Sofía y estuvimos hablando casi toda la mañana. Mientras conversaba con ella dibujé un búho y debajo escribí: "gufo". Sofia creció en Italia. Eso explica su gusto por el limoncino, su facilidad para hacer amigos y para cantar "Bella Ciao". Luego escribí :
Anoche me desperté mientras atravesábamos el túnel donde hace unos años hubo un gran incendio. Eran como las tres de la mañana y eramos los únicos sobre la ruta. Por la ventana veía las paredes ritmadas por la sucesión de luces, cabinas telefónicas, columnas y estacionamientos.
En la página siguiente de mi Diario de viaje están anotadas la dirección y el teléfono del hotel, y los resultados de los informes metereológicos. Durante las horas siguientes no apunté nada, pues el resto de la noche intenté dormir, y el jueves, luego del desayuno ("Buon giorno, un capuccio per piacere", amanecimos en Italia), me senté en el bus junto a Sofía y estuvimos hablando casi toda la mañana. Mientras conversaba con ella dibujé un búho y debajo escribí: "gufo". Sofia creció en Italia. Eso explica su gusto por el limoncino, su facilidad para hacer amigos y para cantar "Bella Ciao". Luego escribí :
Anoche me desperté mientras atravesábamos el túnel donde hace unos años hubo un gran incendio. Eran como las tres de la mañana y eramos los únicos sobre la ruta. Por la ventana veía las paredes ritmadas por la sucesión de luces, cabinas telefónicas, columnas y estacionamientos.
Viajamos en un "bus couchette". Es raro: anoche a las diez y treinta nos hicieron bajar, y, mientras íbamos al baño, las sillas se convirtieron en literas. El bus quedó convertido en un dormitorio ambulante, en un camarote rodante. "Cama franca" pensé, valiéndome de una expresión muy familiar para describir la situación en la que me encontraba: acostado en un incomoda promiscuidad. A mi lado Ecaterina, contra mi cabeza unos tunecinos. A mis pies un Sirio, y junto a él no se quien. Cómo me molestaba sentir unos pies desnudos contra mis piernas, no tener espacio para estirarme y saberme en movimiento. No dormí bien, pero el hecho de entrar en Italia... Cuando Héctor volvió de España me mostró una foto que tomó desde el avión sobre los Pirineos: a la derecha, del lado de Francia, un cielo pesado, una aglomeración de nubes; del otro lado, en España, ninguna densidad, todo transparencia. Y esos dos cielos, decía Héctor, eran símbolo y representación de los dos pueblos. Ahora que estoy bajo otro cielo me doy cuenta de la gravedad de los franceses.
Seguimos rodando. Son las 10 y 44 am del jueves 5 de mayo. Al lado de la carretera se extienden campos de cultivo, vías férreas y depósitos industriales.
Insisto en que anoche fue raro. Ver, mientras los otros dormían, los túneles bajo los Alpes y la frontera. A mi lado hay dos inglesas, una morena que habla italiano y una rubia que se la pasa cantando "i believe in a thing called love" de The Darkness.
Estamos escuchando radio: sólo canciones alegres. Eso y el brillo del sol son la prueba de que estamos en Italia. Ya son las 10 y 51. Viajamos, viajamos, viajamos. El trayecto en bus entre París y Venecia toma más de 17 horas. Salimos ayer a las 6 de la tarde y todavía no hemos llegado! Bueno, pero nos estamos acercando. Como estoy de contento, y pensar que no quería venir! Increíble !
Insisto en que anoche fue raro. Ver, mientras los otros dormían, los túneles bajo los Alpes y la frontera. A mi lado hay dos inglesas, una morena que habla italiano y una rubia que se la pasa cantando "i believe in a thing called love" de The Darkness.
Estamos escuchando radio: sólo canciones alegres. Eso y el brillo del sol son la prueba de que estamos en Italia. Ya son las 10 y 51. Viajamos, viajamos, viajamos. El trayecto en bus entre París y Venecia toma más de 17 horas. Salimos ayer a las 6 de la tarde y todavía no hemos llegado! Bueno, pero nos estamos acercando. Como estoy de contento, y pensar que no quería venir! Increíble !
En las páginas siguientes hice unos cuantos dibujos del interior del bus y de la vista desde la ventana, que me permitieron objetivar mi ansiedad. Luego escribí:
Anoche pasaron una película con Jean Réno que se llamaba L’operation Corned Beef. Era la historia de unos narcotraficantes colombianos que ponían en peligro la civilización francesa. Como reacción al imperialismo cultural norteamericano, una ley obliga a las emisoras de radio a programar un cierto porcentaje de canciones francesas. El rock francés no iguala al gringo ni al británico, pero sobrevive gracias a que tiene garantizado un lugar en el mercado. Lo mismo ocurre con el cine. Hay todo una industria de consumo local que si bien no siempre logra resultados de calidad, al menos es un buen ejemplo de resistencia cultural, como dice el pana Jorge Negretti. Aunque no hay que ser tan optimistas: la mayoría de las veces el cine comercial francés sólo traduce los estereotipos propuestos por los norteamericanos, como en la película de anoche de Jean Reno.
Finalmente llegamos al Hotel! Bueno, hace ya un buen tiempo. Tomé una ducha, dormí un poco y comí un sándwich. Nos asignaron el cuarto 16 a Héctor, a Francisco y a mí. Putain, l’hotel Riviera est très très loin de Venise! Para ir a Venecia nos va tocar coger un bus, y luego atravesar la laguna en un barco. Qué linda excursión! Además no simpatizo con algunas personas. Va fanculo! Je m’en moque! Estar aquí es un proyecto personal que no tiene nada que ver con los otros. Estoy acá por mí: hace parte de mi educación.
Ahora estamos otra vez en el bus. Vamos a Punta Sabbioni a coger el barco. En realidad todavía no conozco Venecia. Hoy estuve hablando en italiano con Sofia. De repente sentí que una avalancha de palabras inundaban mi mente. Uno no olvida nada. Todo permanece. Ese es el principio del funcionamiento de la neurosis. Siento que el italiano está latente en mi. Quiero que salga, que de coletazos en la superficie de mi conciencia. Huy! Acabo de leer mis últimas palabras. No se, a veces siento la tentación de las grandes frases, pero al mismo tiempo una especie de pudor.
Y en este punto dejé de escribir presa de multiples inhibiciones. En las páginas que siguen anoté rápidamente los horarios del barco y los nombres de las estaciones del bus. Subí a la embarcación. Me senté en la proa buscando la ciudad a la distancia. Y cuando los picos de las torres asomaron en el horizonte, un alud de turistas invadió mi posición. Entonces retomé la fuerza y escribí :
Todos estos cabrones tomando fotos: "aquí estuve". ¿Por qué esa necesidad de mirar a través de la cámara, de postergar la observación, de mediar la experiencia? ¿Por qué ese miedo del presente? ¿Por qué en vez de de gozar el momento, se dedican a tomar fotos para el futuro? El barco avanza lentamente. "Todo a su tiempo, con calma", nos dice su manera de cortar el agua, la paciencia del sol, la perseverancia de las olas y la despreocupación de la gaviota. Pero vienen los turistas a alterar ese ritmo con los disparos de sus cámaras.
En cuanto llegamos me perdí en la ciudad. Deambulé durante horas alejándome de la zona turística, hasta que el hambre y la sed me hicieron entrar a una tienda que tenía cara de cumplir con mis dos únicas exigencias: «pas cher et sympa». Quiso la casualidad que allí me encontrara con Laurence y Carolina. Compramos una pizza, luego una botella de vino en un supermercado y nos sentamos a comer en el borde de un canal. Seguidamente, hicimos «góndola stop» por bromear, pero con tan buena suerte que una pareja de jóvenes se detuvo y nos invitó a hacer con ellos lo que les quedaba del recorrido. Lo cual fue una maravilla teniendo en cuenta que el paseito en góndola cuesta entre 60 y 90 euros. Luego seguimos caminando sin rumbo fijo. Nos encontramos unos gatos en un patio y los estuvimos consintiendo durante un buen rato (ah, la nostalgia gatuna!). Luego visitamos la Universidad, y finalmente desembocamos en una plaza donde tocaba un grupo italiano de música brasilera. Era la fiesta de cumpleaños de Adriana (una italiana muy bonita que estudia árabe). Nos presentamos espontáneamente (al fin y al cabo estábamos en Italia). Me ofrecí como regalo y a cambio obtuvimos vino, tajada de ponque y múltiples invitaciones a bailar que no rechazamos a pesar de la fatiga de los pies. Bailamos hasta las doce de la noche. Y a esa hora, cual cenicientas, salimos corriendo, pues el último barco partía a las 12 y 28. «Per piacere, dove si trova la piazza san Marco», preguntábamos a los transeúntes mientras cruzábamos los puentes y los callejones corriendo. En el puerto nos encontramos con Sofia y con Alice in wonderland. Ellas también se habían auto-invitado a una fiesta de italianos. El resto de la excursión ya dormía en el hotel y nosotros sospechábamos que nos iba a tocar pasar la noche en la calle, ya que nos habíamos equivocado con los horarios del barco. "C'est pas grave" nos dijimos, y emprendimos la retirada con rumbo a los bares de los estudiantes. Pero, entonces, Sofia se cruzó con Mauro, un gondolero jubilado que nos dijo que todavía teníamos el chance de coger el barco de la 1 y 30. Y mientras tanto nos invitó al bar de un amigo a tomar prosecco.
Bajo los pilotes del puerto crecen unas algas que acabo de bautizar con el nombre de "cabellos de Ofelia". Hay testigos y están de acuerdo. Cruzamos la laguna sentados en la popa. Llegamos a punta Sabbioni y constatamos que ya no hay más buses. Pero eso no es un problema, pues Sofia acaba de hacerse amiga de otro gondolero que se ofreció a llevarnos en su carro hasta el hotel. En el camino nos pone un disco de "salsa veneciana". Se trata de las canciones de la Fannia y de los éxitos de Tito Rodríguez cantados en italiano. Entre tanto nos cuenta que la ciudad se ha aburguesado mucho y que la gente que no tiene dinero suficiente ha tenido que irse a vivir a los suburbios. A la llegada le estrechamos la mano no sin antes decir "grazie mile". Mientras entramos al hotel alabamos la gentileza de los venecianos. Y le pregunto a Sofia por el nombre del gondolero. "Dimenticato", me responde. Ahora estoy en la cama y no quiero añadir nada más, pues estoy muerto del cansancio. Hasta mañana Venecia, hasta mañana querido diario.
Son las nueve de la mañana del viernes 6 de mayo. Un crucero gigantesco, un verdadero edificio flotante, pasa por el gran canal frente a nuestras narices, y Laurence sale corriendo a comprar una cámara fotográfica desechable. Cuando vuelve, el crucero ya se ha perdido de vista. Yo, en cambio, tuve el tiempo suficiente para hacer un dibujo que permanece como recuerdo entre las páginas de mi diario.
Son las nueve de la mañana del viernes 6 de mayo. Un crucero gigantesco, un verdadero edificio flotante, pasa por el gran canal frente a nuestras narices, y Laurence sale corriendo a comprar una cámara fotográfica desechable. Cuando vuelve, el crucero ya se ha perdido de vista. Yo, en cambio, tuve el tiempo suficiente para hacer un dibujo que permanece como recuerdo entre las páginas de mi diario.
A la entrada de La piazza San Marco hay dos columnas. En una hay un león alado con una cola muy larga que sobresale del capitel. Es el símbolo de San Marco. Por casualidad una paloma está posada en su cabeza y un jet pasa sobre ella. Al lado, hay una especie de San Jorge encima de un cocodrilo. Es el santo Todoro, protector de la ciudad.
Estamos frente a la Basílica. Hay leones alados por todos lados, palomas y turistas. Quiero gritar: "no más fotos, aunque sea por un segundo, por favor! Van a arruinar las fachadas de los edificios y los contornos de los monumentos, van gastar los colores de las cosas!" Pasamos por un mercado callejero de falsas carteras Louis Vuitton y entramos en una calle estrecha donde una galeria exhibe varias obras de Fernando Botero. Es la Galleria Contini. Hablo con la encargada que me dice en español que ellos son los representantes de Botero en Venecia. Salimos de nuevo a caminar. Le digo a Laurence al oído que je me deplace «avec l'aisance extraordinaire que l'on éprouve dans les songes». Almorzamos vino blanco y pizza de Alcachofas sobre el Ponte del Formager. Entramos al museo Guggenheim. Quedé encantado con La voix des airs, L’Empire des lumières, con la pintura sin título de Arshile Gorky, con La baignade; con todos los cuadros de Pollock, pero sobre todo con uno que se llama The moon Woman; también me gustaron mucho Contraluce de Umberto Boccioni y el Dormiente N° 2 de Domenico Gnoli; sin olvidar La Tour rouge, que es una pintura muy sugestiva de Giorgio de Chirico. ¿Qué hay en la torre y cuál es la relación de ésta con la estatua? El que quiera escribir ficción que comience por responder esta pregunta. Y lastima que Study for Organization of Graphic Motifs 1 de Kupka no este en Internet porque me gustaría que la vieran, es como una explosión. Y mi lista de obras favoritas termina con Magic garden de Paul Klee. Bueno, el Study for Chimpanzee no me gusto tanto, pero se merece estar incluido en esta lista porque soy un admirador incondicional de la fuerza de Francis Bacon.
Luego nos encontramos con Alvaro, Mourad, Alice, Sofia, Ecaterina y su hermana, Raluca, en la plaza San Marco. Y ya no escribí más, pero hay unos dibujos que atestiguan que nos sentamos bajo la fachada de la Basílica a descansar, y que luego recorrimos media ciudad hasta encontrar un bar sin turistas frente al Ponte dei Frari. Allí nos tomamos unos cuantos Spritz, que es un coctel veneciano a base de vino blanco, agua mineral, Aperol o Campari, un trozo de naranja y una gran aceituna veneciana. Mourad compró rosas para las chicas. Entramos en el último barco sin pagar el tiquete (la plata del tiquete no la habíamos gastado en Spritz). Sofia tuvo la ocurrencia de decir que si nos encontrábamos al controlador que nos quedáramos callados y no lo miráramos, que permaneciéramos en silencio, y que si él insistía en interrogarnos, yo sacara mi diario de viaje y lo abriera donde ella escribió: «SIAMO SORDOMUTI». Llegamos al hotel y caímos muertos del cansancio.
El sábado 7 de mayo me enteré en el desayuno que nos íbamos a devolver ese mismo día y no el domingo por la noche como yo creía. Se me partió el corazón, y me fui corriendo a la ciudad para sacarle el jugo a las últimas horas. En el barco me dí cuenta que Adela había perdido la voz y entonces me dijo con una dicción de ultratumba: «Anoche fui a la playa a bañarme con Jad. Una ola intentó llevarse mi chancleta pero él la agarró. Yo estaba cantando y entonces el mar se llevo mi voz. Al parecer tenía que dejarle alguna cosa». Así como los jets rayan el cielo de París, de la misma manera las lanchas que surcan la laguna de Venecia dejan una estela blanca sobre el fondo azul. Mis epifanías se frustran por los disparos de los fotógrafos. Me dan ganas de disfrazarme de carabiniere y pasar con un costal decomisando cámaras fotográficas. Venecia no es una ciudad de este mundo. No vayan a Disney, yo por lo menos ya fui a eurodisney y es decepcionante. Si están buscando un mundo mágico y maravillosos mejor vengan a Venecia. Pero por favor, no tomen más fotos. Venecia es una ciudad acuática. Me encanta la omnipresencia del agua. Los taxis y las ambulancias son lanchas, las limosinas góndolas, el metro es un barco que se llama Vaporetto. La superioridad de los barcos sobre los vehículos de transporte terrestre se confirma en el hecho de que los primeros siempre son merecedores de un nombre, en tanto que los segundos apenas reciben un número. Corroborando lo que escribo pasa un velero que se llama «Eros». Soy medio asmático, pero siempre que estoy junto al mar respiro a todo pulmón. Son los efectos curativos del salitre.
El sábado 7 de mayo me enteré en el desayuno que nos íbamos a devolver ese mismo día y no el domingo por la noche como yo creía. Se me partió el corazón, y me fui corriendo a la ciudad para sacarle el jugo a las últimas horas. En el barco me dí cuenta que Adela había perdido la voz y entonces me dijo con una dicción de ultratumba: «Anoche fui a la playa a bañarme con Jad. Una ola intentó llevarse mi chancleta pero él la agarró. Yo estaba cantando y entonces el mar se llevo mi voz. Al parecer tenía que dejarle alguna cosa». Así como los jets rayan el cielo de París, de la misma manera las lanchas que surcan la laguna de Venecia dejan una estela blanca sobre el fondo azul. Mis epifanías se frustran por los disparos de los fotógrafos. Me dan ganas de disfrazarme de carabiniere y pasar con un costal decomisando cámaras fotográficas. Venecia no es una ciudad de este mundo. No vayan a Disney, yo por lo menos ya fui a eurodisney y es decepcionante. Si están buscando un mundo mágico y maravillosos mejor vengan a Venecia. Pero por favor, no tomen más fotos. Venecia es una ciudad acuática. Me encanta la omnipresencia del agua. Los taxis y las ambulancias son lanchas, las limosinas góndolas, el metro es un barco que se llama Vaporetto. La superioridad de los barcos sobre los vehículos de transporte terrestre se confirma en el hecho de que los primeros siempre son merecedores de un nombre, en tanto que los segundos apenas reciben un número. Corroborando lo que escribo pasa un velero que se llama «Eros». Soy medio asmático, pero siempre que estoy junto al mar respiro a todo pulmón. Son los efectos curativos del salitre.
Posteriormente, fui con Carolina y Laurence a la Gallerie dell’Accademia. Dijo Aristóteles que lo que nos espanta en la realidad nos agrada como representación. Ejemplo : Crocifissione e apoteosi dei diecimila martiri del monte Ararat de Vittore Carpaccio. Empiezo a ver los cuadros como ventanas que miran a otros tiempos y a otros mundos. Ejemplo: Incredulità di san Tommaso e san Magno di Oderzo de Giambattista Cima da Conegliano. Y en este punto no escribí más y me dediqué a ver: La partenza dei pellegrini, Madonna con il Bambino e le Sante Caterina e Maddalena, la Creazione degli animali, Pietà, Trafugamento del corpo di San Marco, etc.
Luego salimos otra vez a la luz del sol y nos botamos en el muelle a descansar. Sólo nos quedaban tres horas y entonces dimos una pequeña vuelta en barco, caminamos por los callejones, nos comimos sendos helados y nos tomamos unos vinos. Luego miramos el reloj : eran las 6 y 30 y teníamos que ir al muelle a coger el barco de las 7 y 15 para alcanzar a llegar a la otra orilla de la laguna antes de las 8 de la noche, pues a esa hora partía nuestro bus para París. Llegamos con anticipación al muelle. Allí nos encontramos con los demás, pero he aquí que me dieron ganas de orinar y como todavía nos quedaba tiempo le dije a Laurence que si me acompañaba a buscar un baño. Hice mis necesidades, pero a la vuelta nos entretuvimos hablando y cuando llegamos al muelle nuestro barco había partido y nuestros compañeros agitaban las manos desde estribor. Ni modo de coger un taxi pues costaba una fortuna. Entonces interpretamos este acto fallido como una mala jugada del cerebro que se resistía a abandonar Venecia. Lo cual resultaba completamente comprensible. Y entonces nos fuimos a otro puerto a tomarle la delantera a nuestro barco, pero no lo pudimos alcanzar. Tuvimos que esperar el siguiente que pasó una hora después. Cuando estuvimos a bordo nos sentamos a hablar y a ver el atardecer sin ninguna inquietud. Todo era perfecto y entonces ella me preguntó : "Tu vas pas m’embrasser?"....
Cuando llegamos, Carolina estaba en el muelle gritándonos que nos apuráramos porque el bus nos iba a dejar. Corrimos durante diez minutos y al aproximarnos me alegró ver que la mayoría de mis compañeros se habían bajado para impedir que el chofer nos dejara. Ecaterina me dijo: "no te preocupes, gracias a ti gane una hora más con mi hermana". Y entonces ellas se despidieron con lagrimas. No son bonitos los finales felices? Sí, pero así no acaba la historia. Todavía nos faltaban 17 horas de trayecto. Esa noche vimos una comedia francesa con Daniel Auteuil : Le placard. La idea era interesante, pero el desarrollo lamentable. Un contador se finge homosexual para evitar ser despedido de su trabajo. Y lo logra, pues sus jefes quieren evitarse un proceso por discriminación. No me pregunten cómo termina la película, pues antes de la mitad ya estaba roncando. Luego nos detuvimos en un paradero, todavía en Italia, para comer algo y hacer pipi, mientras las sillas se transformaban una vez más en literas. Comí una lata de atún que llevaba en la maleta, pero me compré una paleta de maracuyá por nostalgia de Colombia, y para tener la excusa de hablar en italiano con la cajera. Siempre es posible hablar con los italianos. Hacía veintitantos años que no estaba en Italia y estaba realmente conmovido de dejarla atrás. Nos subimos al bus. Esta vez dormí mejor, lo cual no quiere decir que haya dormido bien. No. Me despertaba en las curvas y temía caerme del camarote. A las ocho de la mañana del domingo nos detuvimos en un desayunadero francés. No sabía en que idioma hablar. Todo mi desayuno fue un jugo de maracuyá: era demasiado temprano para tener hambre. Me lave los dientes y la cara y me senté afuera con los otros a tomar el sol. Los fumadores dieron las últimas bocanadas a sus cigarrillos y nos subimos al bus. Inmediatamente pusieron una comedia francesa de los años setenta que nos hizo reír. Un francotirador toma una habitación en el cuarto piso de un hotel, frente a la entrada de un juzgado, para asesinar a un testigo, pero con tan mala suerte que le asignan por vecino a un desequilibrado que intenta arrojarse por la ventana, etc. En realidad no era buena, pero en relación con los otros bodrios que nos habían pasado ésta era una maravilla. Y eso se comprobaba en las carcajadas que de vez en cuando explotaban aquí y allá. Pero entonces me di cuenta que no se escuchaban las inconfundibles risotadas del peruano. Y entonces grité en mitad de la película : "Alvaro, Alvaro!". Y todos me voltearon a mirar, pero nadie contestó. Entonces exclamé alarmado: "Putain on a oublié Alvaro!". El chofer no quiso dar media vuelta y entonces convocamos a una reunión de emergencia en pleno bus en movimiento. Lo llamamos por celular, pero la batería estaba muerta. Hicimos suposiciones, se asignaron culpas, algunos se agarraron de las manos y le enviaron buenas energías, otros se consolaron diciendo que al menos se había perdido en Francia, otros abrieron unas cervezas y brindaron, pues "así lo habría querido Alvaro". Personalmente, yo me sentí mal de no haber podido hacer por él lo que ellos habían hecho por mí. Entonces, cuando llegamos, cogí sus maletas, su saco, su toalla y su chaqueta y los llevé a mi cuarto. Luego nos enteramos que el pobre se había demorado en el baño y que cuando salió ya no estaba el bus. Fue a la carretera y detuvo una patrulla de policía que pasaba. Ellos lo llevaron a la estación de trenes y le consiguieron un puesto con dirección a París, a donde llegó cuatro horas después que nosotros.
Mi maleta está sobre la cama, en el piso hay una bolsa con ropa sucia que ruega ser lavada, las entrañas de mi mochila todavía se derraman sobre el escritorio, mi nevera apesta a queso podrido, pero no me importa pues yo se bien cual es la prioridad en esta vida: primero hay que poner en orden lo escrito y luego todo lo demás.
Cuando llegamos, Carolina estaba en el muelle gritándonos que nos apuráramos porque el bus nos iba a dejar. Corrimos durante diez minutos y al aproximarnos me alegró ver que la mayoría de mis compañeros se habían bajado para impedir que el chofer nos dejara. Ecaterina me dijo: "no te preocupes, gracias a ti gane una hora más con mi hermana". Y entonces ellas se despidieron con lagrimas. No son bonitos los finales felices? Sí, pero así no acaba la historia. Todavía nos faltaban 17 horas de trayecto. Esa noche vimos una comedia francesa con Daniel Auteuil : Le placard. La idea era interesante, pero el desarrollo lamentable. Un contador se finge homosexual para evitar ser despedido de su trabajo. Y lo logra, pues sus jefes quieren evitarse un proceso por discriminación. No me pregunten cómo termina la película, pues antes de la mitad ya estaba roncando. Luego nos detuvimos en un paradero, todavía en Italia, para comer algo y hacer pipi, mientras las sillas se transformaban una vez más en literas. Comí una lata de atún que llevaba en la maleta, pero me compré una paleta de maracuyá por nostalgia de Colombia, y para tener la excusa de hablar en italiano con la cajera. Siempre es posible hablar con los italianos. Hacía veintitantos años que no estaba en Italia y estaba realmente conmovido de dejarla atrás. Nos subimos al bus. Esta vez dormí mejor, lo cual no quiere decir que haya dormido bien. No. Me despertaba en las curvas y temía caerme del camarote. A las ocho de la mañana del domingo nos detuvimos en un desayunadero francés. No sabía en que idioma hablar. Todo mi desayuno fue un jugo de maracuyá: era demasiado temprano para tener hambre. Me lave los dientes y la cara y me senté afuera con los otros a tomar el sol. Los fumadores dieron las últimas bocanadas a sus cigarrillos y nos subimos al bus. Inmediatamente pusieron una comedia francesa de los años setenta que nos hizo reír. Un francotirador toma una habitación en el cuarto piso de un hotel, frente a la entrada de un juzgado, para asesinar a un testigo, pero con tan mala suerte que le asignan por vecino a un desequilibrado que intenta arrojarse por la ventana, etc. En realidad no era buena, pero en relación con los otros bodrios que nos habían pasado ésta era una maravilla. Y eso se comprobaba en las carcajadas que de vez en cuando explotaban aquí y allá. Pero entonces me di cuenta que no se escuchaban las inconfundibles risotadas del peruano. Y entonces grité en mitad de la película : "Alvaro, Alvaro!". Y todos me voltearon a mirar, pero nadie contestó. Entonces exclamé alarmado: "Putain on a oublié Alvaro!". El chofer no quiso dar media vuelta y entonces convocamos a una reunión de emergencia en pleno bus en movimiento. Lo llamamos por celular, pero la batería estaba muerta. Hicimos suposiciones, se asignaron culpas, algunos se agarraron de las manos y le enviaron buenas energías, otros se consolaron diciendo que al menos se había perdido en Francia, otros abrieron unas cervezas y brindaron, pues "así lo habría querido Alvaro". Personalmente, yo me sentí mal de no haber podido hacer por él lo que ellos habían hecho por mí. Entonces, cuando llegamos, cogí sus maletas, su saco, su toalla y su chaqueta y los llevé a mi cuarto. Luego nos enteramos que el pobre se había demorado en el baño y que cuando salió ya no estaba el bus. Fue a la carretera y detuvo una patrulla de policía que pasaba. Ellos lo llevaron a la estación de trenes y le consiguieron un puesto con dirección a París, a donde llegó cuatro horas después que nosotros.
Mi maleta está sobre la cama, en el piso hay una bolsa con ropa sucia que ruega ser lavada, las entrañas de mi mochila todavía se derraman sobre el escritorio, mi nevera apesta a queso podrido, pero no me importa pues yo se bien cual es la prioridad en esta vida: primero hay que poner en orden lo escrito y luego todo lo demás.
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Ps: No crean que por andar de viaje no nos enteramos de que quieren fumigar otra vez los parques naturales. Si se trata de combatir el narcotráfico deberían empezar fumigando la clase política y la alta sociedad colombiana que está sembrada de traquetos, y luego continuar con los gringos del Plan Colombia que no dan ningun ejemplo (ver el caso de los narcosoldiers). Me viene a la cabeza que en Bogotá, en la 116 con 19 toda la vida ha habido un expendio de droga que la policía siempre ha tolerado... Pienso también en la protección que se le brinda a los narcos acampados en San José del Ralito. Mientras sigan existiendo esas contradicciones seguiré pensando que las fumigaciones son una medida estúpida, cobarde e hipócrita.
LINKS:
Espectacular imagen aérea de la Piazza San Marco, tomada del Veniceblog.
Imágenes de las columnas a la entrada de la Piazza San Marco:
Calendarios que vi a la venta en los quioscos de Venecia:
