lunes, noviembre 07, 2005


Guerrillas urbanas

Al caer la noche, desde hace once días, bandas de jovenes armados con bombas molotov siembran el terror en las calles de los suburbios. Anoche, los disturbios se extendieron por toda Francia y llegaron incluso hasta el centro de París.

Mi vecino, Marijn Kruk, es un joven periodista holandés que trabaja como corresponsal en París del diario holandés «Trouw» (Fidelidad). Toda la semana habíamos comentado la serie de incendios vandálicos en los suburbios parisinos. Su periódico le habia encargado cubrir la noticia y el había estado yendo todos los días a los sitios de los desordenes. El me tenía al tanto de los lugares de los incendios, de los constantes sobrevuelos del helicóptero de la policía, del despliegue de uniformados, de los testimonios de la gente, etc. Mientras tanto, yo iba a la universidad a hacer mil vueltas administrativas. Y luego salía corriendo para la Prefectura de Policía a insistir para que me renovaran pronto mi permiso de residencia. En mi universidad, París 8, que se encuentra en el mismo departamento de los disturbios, la gente no paraba de comentar los hechos. El viernes, en el restaurante universitario, un chica negra se lamentaba de que varios carros hubieran sido incinerados frente a su casa.

El sabádo, Marijn tocó a mi puerta y me dijo «Quieres venir a ver con tus propios ojos lo que está pasando?» Yo cogí mi morral, mi libreta, dos mandarinas, cerré de un golpe la puerta de mi cuarto, y en menos de nada estabamos rumbo a la estación del RER*. Antes de subirnos al tren, él compró los periódicos Le monde, Libération y Le figaro, para ponernos al tanto por tres vías distintas de las protestas de la última noche. Atravesamos la ciudad leyendo las noticias e intercambiando impresiones. En general, se puede decir que Libération (de izquierda) mostraba el punto de vista de la gente, Le figaro (de derecha) el del gobierno, y Le monde (de centro) permanecía imparcial.

Descendimos en los suburbios del norte de París, en la estación de Aulnay-sous-Bois, una de las zonas más afectadas por los incendios de la última semana. Entramos a una brasserie* a tomarnos un café y a definir el itinerario. Marijn recibió una llamada del periódico: le encargaban realizar un retrato de alguno de los jovenes manifestantes. Yo no quería interferir con su trabajo como periodista (él sabe que escribo en un blog, pero ni él entiende mi lengua ni yo la suya), entonces nos separamos: él quería conversar con los jovenes del sector y yo decidí visitar dos cités* especialmente sensibles : La cité d’Europe y la Cité des 3000.

Estas dos cités son los suburbios de los suburbios. Se encuentran en el límite de la zona residencial de la localidad de Aulnay-sous-Bois. Y para llegar allí tenía que tomar el bus 6017. Los manifestantes habían quemado centenas de buses en los últimos días y había demoras y perturbaciones en el transporte público. Mientras esperaba, le pregunté a una señora musulmana que portaba el velo, si sabía en cuál parada me tenía que bajar para ir a la Cité d’Europe. Ella me dijo, con una dulzura maternal que me parece el rasgo distintivo de las señoras argelinas: «es la parada Eugene Delacroix. Ahí es donde yo me bajo». Le agradecí por la información y me senté a seguir esperando.

Al fin apareció el bus en el horizonte con su gran letro de luces rojas «6017». La estación estaba llena de personas que esperaban desde hace cuarenta minutos. Yo tenía un billete de cinco euros en el bolsillo para pagar el pasaje, pero, al ver que todo el mundo se subía sin pagar, decidí hacer lo mismo. Eso sí, amparado en la vieja frase que dice «a donde fueres has lo que vieres». Me senté al fondo, junto a la ventana, a la izquierda de una mujer negra de cuerpo espigado y de una seriedad imperturbable. La silla de enfrente tenía un gran boquete como si un león le hubiera pegado un mordisco. A medida que nos alejabamos del centro de Aulnay-sous-Bois, aumentaba el deterioro de las paradas de bus. Destruidas a piedra y garrotazos en las últimas noches.

De repente, la mujer del velo me hizo un signo para indicarme que habíamos llegado y nos bajamos del bus. Le dí las gracias y ella se internó en la cité d’Europe. Yo la seguí de lejos tratando de imitar la naturalidad de los residentes. Grupos de edificios se levantaban en torno a parques, parqueaderos y zonas de juegos en mal estado. En las esquinas, varios adolescentes vestidos con buzos holgados, con la cabeza cubierta por la capucha, conversaban como montando guardia. Por la forma en que me miraban sentí que me estaba internando en un mundo prohibido. Un niño con mirada de adulto se quedo viendome fijamente a los ojos. En la entrada de un edificio, una zona comunal estaba devastada. La pantalla de un computador había sido arrojada por la ventana. Seguí caminando y llegué hasta un estacionamiento. Olía a quemado. Varios adolescentes permanecían atentos a los movimiento del exterior. Detrás de ellos, se levantaban los restos de una edificación consumida por las llamas. Caminé hacia la calle. El edificio calcinado, un gran deposito de autos de la Renault, había sido acordonado por los bomberos. En los muros que todavía estaban en pie, se podía leer en grandes letras amarillas: «Danger d’effondrement». En Internet encontré esta foto del dueño llorando:



Al llegar a una glorieta, sentí que del norte corría una brisa mezclada con humo. Humo no de madera sino como de plástico quemado. Le pregunté a una señora que pasaba con dos niños si conocía el lugar del incendio. Ella me dijo, señalando con el brazo, que el humo salía de la zona industrial, y agregó: «ils n’arretent pas de mettre le feu partout». Cruzando la calle había una fábrica de L’oreal. No habían señales de destrozos. Me crucé con un hombre que leía el periódico. Le pregunté si sabía de dónde provenía el humo y él me indicó una bodega al fondo de una calle larga y solitaria.

No valía la pena internarme por esos lares. Permanecí en la acera mirando a mi alrededor. El suelo estaba lleno de vidrios. A diez metros, un garaje con una veintena de camionetas de alquiler de la empresa Hertz había sido incinerado. Me acerqué a ver. Un equipo de la televisión filmaba los escombros. Cuando el camarógrafo bajó la cámara y, como no reconocía el logo estampado en el micrófono, les pregunté con trato confianzudo de colega: «pour quelle chaîne travaillez-vous?» «Para la televisión brasileña», me contestó el periodista mientras le daba hondas bocanadas a su cigarrillo. Acto seguido, me preguntó que yo qué hacía. No supe qué responder. Mi condición a medio camino entre el turista con preocupaciones sociales y el periodista aficionado, resultaba díficil de explicar. Al fin, le dije que era un estudiante colombiano que había decidido venir a ver lo que estaba pasando. El me miró con cara de desdén, como si en esas circunstancias sólo le hubiera interesado conversar con un habitante de la zona.

Detrás mío había un hombre que esperaba su turno para hablar. Se acercó y empezó a contar que el había grabado el momento en que los muchachos del barrio le prendían fuego al garaje. El periodista pareció interesarse y me dio la espalda como tomando posesión de la noticia. El interés del reportero se extinguió, sin embargo, cuando el otro habló de dinero. Y el equipo de noticias partió sin decir palabra.

Me quedé con el hombre que quería vender el video. Le pregunté si sabía dónde quedaba la comisaría de policía que había aparecido quemada en la portada de los diarios. Me dijo que quedaba junto al centro comercial Galion a quince minutos caminando por el bulevar Chagall. Le di las gracias y me alejé. Hacía frío y yo llevaba las manos metidas en los bolsillos laterales de la chaqueta. Me crucé con un hombre de unos cincuenta años, y, al preguntarle por el centro comercial, me miró las manos con tal desconfianza que me sentí en Bogotá. Comenzaba a caer el sol y la escena se prestaba para los equivocos. Como en esas avenidas bordeadas de potreros y de sauces de la capital colombiana, del otro lado de la calle había un parque arbolado con una cancha donde unos niños jugaban al fútbol.

Atravesé la calle. Me encontré con un parqueadero y un conjunto de edificios en condiciones aún más lamentables que los del otro lado del bulevar. No había prado sembrado en los jardínes, sino un barrial lleno de basura. No me detuve en la comisaría, pues ya estaba en el cielo puesta la luna, una luna nueva, cornada, como aparece siempre en las pinturas de oriente. No sé si es porque ya era de noche, pero el ambiente de esta Cité me pareció mucho más pesado. Un hombre escupió en el piso a mi lado. Entré al Centro Comercial. En realidad se trataba de un largo corredor lleno de pequeños almacenes. Parecía un mercado popular de un país extranjero. Así es el territorio del Islam en Francia. Las mujeres pasaban con la cabeza cubierta. El letrero de la carnicería estaba en caracteres arábigos. En el piso había una mezcla brillante y colorida de vidrios rotos y confeti. De un local salía una música magrebí y en el fondo había niños y parejas bailando. Entré a una épicerie* y me compré una cerveza para subirme los ánimos y para justificar mi presencia.

En realidad estaba preocupado porque los disturbios siempre comenzaban con la puesta de sol. A la salida del Centro Comercial ya había dos furgones de la policía esperando. Me senté a tomar cerveza en frente de la policía, en un paradero de bus donde había dos señoras, una magrebí y la otra de raza negra. Luego llegó un joven negro que escuchaba música en un walk-man, completamente ajeno al mundo exterior, y más tarde un anciano negro que fumaba y tosía alternativamente. El me preguntó por la ruta del bus, y yo le pedí a los otros información para el anciano. El utilizaba una media como pañuelo. Continuamos hablando, pero él empleaba palabras que yo no entendía, que pertenecían al código lingüístico de la cité.

El bus se demoraba mucho. Pasaban carros con jovenes negros que escuchaban rap a todo volumen. Por el bulevar volaba un camión de bomberos con la sirena encendida. En el paradero se escucharon ayes y suspiros como diciendo ahí va de nuevo. Otra noche de disturbios! Un gato negro, mimetizado en la oscuridad de la noche, se materializó de repente bajo la luz de un farol. La tez blanca de los policías resplandecía con el brillo de la luna.

No aparecía el bus, pero del otro lado de la calle se detuvo el que venía en la dirección contraria. Me acerqué y le pregunté al chofer si pasaba por la estación de trenes. Me dijo que sí y me subí sin pagar, como todo el mundo. En el tren que iba a París a toda velocidad, venían los turistas que acababan de desembarcar en el Aeropuerto Charles de Gaulle. Viajando con ellos sentía una complicidad que todavía me atormenta. Allí comencé la redacción de estas líneas.


Hacer clic aquí para ver video
de la policía disparando balas de goma en Clichy-sous-Bois


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Apéndices

1. Si usted quiere hacerse una idea más precisa de la atmosfera que describo, le recomiendo abrir en una nueva ventana el siguiente link que envía a una canción de los jovenes de las cités. Como dato curioso le cuento que hablan de "la Colombie".

2. Otro documento interesante es este foto blog de un joven de origen tunecino, residente de Clichy-sous-Bois, la Banlieu* donde empezaron los disturbios. Al parecer él conoc
ía a los adolescentes que murieron el 27 de octubre (ver cronología). Este foto blog muestra muy bien la situación de estos muchachos a medio camino entre Francia y sus países de origen. En una entrada de su bit
ácora, él escribe: "interdiction d'oublier ses racines".

3. Si quiere ver videos, le recomiendo revisar los siguientes materiales de Le monde, Libération y Nord Net.
Hablando de videos, recomiendo también ver la película La haine. Es una referencia fundamental para entender el conflicto de identidad de estos jovenes y su relación problemática con la sociedad y con la policía.

Cronología de la violencia en la región parisina:

Martes 25 de octubre: Durante una visita a Argenteuil, en las afueras de París, el Ministro del Interior Nicolas Sarkozy dijo que iba a limpiar la zona de «racailles»*. Ofendidos por estas palabras, los habitantes respondieron con una lluvia de toda suerte de objetos. Posteriormente, los jovenes de los suburbios han declarado que continuaran protestando hasta que el ministro entregue su renuncia. Una muestra del descontento producido por Sarkozy es el blog Sarkostique de reciente creación.

Jueves 27 de octubre: Clichy-sous-Bois : A las siete de la noche, dos jovenes de 15 y 17 años, que al parecer escapaban de la policía, murieron electrocutados al esconderse en un transformador eléctrico. Un tercero resultó gravemente herido. En cuanto los vecinos se enteraron de la tragedia se lanzaron a las calles. Los disturbios que se prolongaron hasta las dos de la mañana, dejaron un saldo de 23 vehículos incinerados, vidrios rotos, estaciones de bus destruidas, edificios públicos y centros comerciales atacados.

Viernes 28 de octubre: Al rededor de 400 jovenes se enfrentaron a las fuerzas del orden en el transcurso de la noche. 30 vehículos fueron incinerados.

Sábado 29 de octubre: 500 personas marcharon pacificamente en las horas de la mañana. Por la noche varios vehículos fueron incinerados, pero no se presentaron enfrentamientos con la policía.

Domingo 30 de octubre: Aumenta el descontento después de que una granada lacrimógena de la policía es arrojada al interior de una mezquita durante la celebración de un acto religioso. Este episodio resulta doblemente grave teniendo en cuenta que tuvo lugar durante la última semana del mes sagrado del Ramadán, y que la mayor parte de los habitantes de las zonas marginales son de religión musulmana.

Lunes 31 de octubre: Las familias de los jovenes electrocutados rehusan entrevistarse con Nicolas Sarkozy. Nuevos disturbios en la noche.

Martes 1 de noviembre: Los familiares de las víctimas se reunen con el Primer Ministro Dominique de Villepin. Grupos de jovenes hostigan a la policia en varios departamentos.

Miércoles 2 de noviembre: Nuevos incendios, ataques a la policía y al comercio.

Jueves 3 de noviembre: aproximadamente 400 vehículos fueron incinerados en la noche.

Viernes 4 de noviembre: 897 vehículos fueron incinerados lo mismo que varios edificios.

Sábado 5 de noviembre: Multitudinaria marcha contra la violencia en Aulnay-sous-Bois. 1.300 vehícules fueron incinerados en la noche en toda Francia. Por la primera vez los incendios tocan el corazón de la capital. Los medios de comunicación hablan de « guerrilla urbana ».

Domingo 6 de noviembre: Dalil Boubakeur, rector de la Mezquita de París, la más alta autoridad del Islam en Francia, hace un llamado para que cesen los actos violentos. No obstante, durante la noche, 1408 vehículos fueron incendiados. Varios helicópteros sobrevuelan en este momento París.

Vocabulario básico

Racaille: chusma, gentuza, canalla, desecho de la sociedad.
Voyous: golfo, gamberro, granuja.
Banlieu: periferia, suburbios
Banlieusard: habitante de las afueras.
Cité: Conjunto de apartamentos en barrios marginales. Están poblados principalmente por inmigrantes magrebíes y de las excolonias francesas del Africa negra.
RER: abreviatura de Réseau Express Régional. Red de trenes que enlazan París con la periferia.
Brasserie: Establecimiento tipicamente francés que es una mezcla de restaurante, bar y café.
Epicerie: tienda de abarrotes.

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