jueves, diciembre 30, 2004

TSUNAMI

Ya vieron lo que pasó en las costas del Oceano Indico? El miércoles, unos amigos me mostraron en la página de The New York Times un video de un turista que estaba en la terraza de un hotel en Tailandia y que filmó todo: Primero hace una toma de la bahia llena de personas que toman el sol y, después, sin que haya tiempo de nada, se ve entre los árboles la espuma de una ola espectacular que revienta en la playa, y el camarografo dice "wow!", sin ser consciente de lo que está pasando, pero entonces se escuchan gritos, y, en un segundo, el agua supera la barrera de árboles y casas que separa la playa de la ciudad, y se mete en las calles y en los edificios, colándose por las puertas y las ventanas, para luego salir del otro lado con violencia, escupiendo fuera el contenido de las habitaciones, que va a sumarse en la calle al caldo de carros, cadaveres y escombros.
Anoche, estaba conversando con un español y un colombiano, y entonces dije acordandome del video: "Y si vieron lo que paso en el sur de Asia?" Y el español, que hace tiempos que no ve noticias, me preguntó: "no, qué?" Y entonces le contamos que en Sumatra hubo un terremoto de 9 grados en la escala de Richter, y que eso creo una ola gigantesca que mato más de 100 mil personas en las costas de distintos paises, y que el movimiento telúrico fue tan fuerte que se dice que se desvio el eje de rotación de la tierra, etc; y él abrio los ojos grandisimos, y nos miro con una cara de "padre nuestro que estos en los cielos...", y no se lo podía creer, de la misma manera en que yo todavia no me lo creo.
Maines, que todo lo sabe, me dijo: "eso parecía el fin del mundo". Y mis papás me contaron en un e-mail, que el domingo 26 de diciembre, el día del maremoto, estaban en el matrimonio de unos amigos, en Colombia; y estaban plena fiesta, cuando alguien contó alarmado lo que acababa de pasar. Y entonces una señora empezó a llorar, porque su esposo, que es ingeniero, estaba trabajando en una plataforma petrolera en Indonesia. Y termina mi mamá diciendo "esperamos que hayan tenido tiempo de evacuar y no les haya pasado nada, todavía no sabemos si ya se pudieron comunicar".
Y ahora, como el mundo anda tan revuelto con esto del turismo y de la globalización, cada vez que ocurre una tragedia, el mundo entero se llena de viudas como cuando lo de las Torres gemelas. Aquí en Francia, por ejemplo, dice Le Monde que en la marejada murieron entre 150 y 250 ciudadanos franceses. Pero en cambio, para lo que no sirve la globalización es para alertar a las victimas pobres de la costa de India, que murieron cuatro horas después de ocurrido el termemoto, que fue el tiempo que la ola gigantesca demoró en llegar a la península del Indostán.
El Planeta en Pantaloneta tal vez no pueda presentarles un informe multimedia, como el de otros periódicos, pero pueden estar seguros de la confiabilidad de nuestros datos y de la seriedad de nuestro grupo investigativo. Ayer por ejemplo, mientras hacia el almuerzo, pude conversar con un vietnamita que estudia geología, y que me introdujo en la dinámica de las placas tectónicas; y, más tarde, con una malgache que me dijo que en su país no hubo estragos, pero sí anomalias en el mar. Como ven, contamos con un amplio equipo interdisciplinario y con informaciones de primera mano procedentes de todas partes del mundo.
Por eso, bien puedo decir que en lo que han coincidido muchas personas es en la necesidad de modificar las relaciones entre el hombre y la naturaleza: Gracias a las escopetas ya no tenemos miedo de los leones; hemos conducido a gran cantidad de especies al borde de la extinción; nos despreocupamos del cambio climático y de la destrucción de los bosques; y le hemos perdido el respeto al mar. Lo contaminamos y lo explotamos comercialmente mediante la pesca y el turismo. Creemos haberlo dominado. Lo hemos subestimado, y también a la naturaleza en general, y por eso ahora nos sorprende su poder de destrucción. Bueno, es cierto que muchos animales no pudieron escapar de una muerte inevitable, pero al menos ellos estaban más enterados que nosotros. Así por ejemplo, cuentan los testigos que antes de la tragedia las aves levantaron vuelo, y dicen los cientificos que las las ballenas y los delfines se refugiaron en aguas profundas.

martes, diciembre 28, 2004

UN CIELO AZUL EN PLENA ZONA ROJA


Federico, que estudia biologia y que está haciendo su proyecto de grado sobre los peces de Colombia, me acaba de enviar por internet unas fotos de su última salida de campo en las cienagas que forma el río Magdalena a la altura de Barrancabermeja. Esto lo se porque él ya me lo había dicho, pues el correo electrónico que acabo de recibir no dice nada sobre el origen de las imagenes. Eso ya no me sorprende en Federico. Debido a su habitual laconismo, el e-mail carece de asunto y no incluye texto alguno, salvo las fotos que les digo, cuyo nombre de archivo (P10100042 y P1010067) no añade ninguna información a lo que vemos. Pero no importa, así es mejor. Nuestra sociedad está llena de ruido. Y soy consciente de esto porque vivo en la ciudad, pero sobre todo gracias a mi vecino. Desde hace un tiempo, empecé a apreciar los momentos de silencio porque me di cuenta de que nos andan poniendo música en todos lados, y hasta nosotros mismos, cuando estamos encerrados en nuestras casas, ponemos "música de fondo" que dicen los médicos y los dentistas. En el caso de estos últimos, se pone en evidencia un claro propósito terapéutico: entretener la mente del paciente para que no piense en la inyección o en la extracción de cordales que le espera; pero, en nuestro caso, no es sino simple temor a la soledad: que no es otra cosa que miedo de nostros mismos, de nuestra conciencia y de nuestros demonios. Es, en menor medida, esa misma angustia del silencio que deben sentir los asesinos. Aunque sospecho que en muchisimas ocasiones, el ruido del radio o del televisor en la soledad del hogar no tiene otro fin que el de llenar el vacio de una vida interior completamente nula. Tal vez, puede que haya gente que no tenga nada interesante que decirse. Las generaciones que han crecido arrulladas por la música de los comerciales, de pronto desconocen las facultades de la imaginación, del espíritu, y del raciocinio. Y entonces van a buscarlas donde primero las encuentran: Disney, Paulo Coelho y el Discovery Channel. Aunque tengo que reconocer que esta busqueda del silencio y la tranquilidad es una tendencia actual que puede confirmarse leyendo los manuales de la "Nueva Era", las revistas de moda y las vidas de los famosos. Me viene a la cabeza, por ejemplo, la historia personal de Madonna, quien pasó de la cocaina al yoga. Sí, muy "Zen" y muy a la moda que yo les hable acá del silencio, justo ahora que muchos famosos pasan sus vacaciones en paraisos tropicales como las islas Seychelle, donde hoteles de cinco estrellas ofrecen a los ciudadanos del primer mundo la posibilidad de descansar del ruido de la sociedad industrial. Pero no, si yo les hablo de la necesidad de la paz no es por ponerme al día con las últimas tendencias de las revistas de señoras, sino por una necesidad personal: esta madrugada, entre dos y media y tres y treinta de la mañana, el noctámbulo de mi vecino vió una película de guerra. Y como mi cama da contra el muro de su cuarto, doy fe de que escuché hasta los disparos con silenciador. Estaba soñando cuando de pronto me hizo recobrar el sentido la artilleria nazi; y entonces, yo contesté con una ráfaga de puños contra la pared. Y él le bajó al sonido, pero eso no cambió las cosas, pues los gritos en alemán que antes me quitaban el sueño, pasaron a convertirse en inquietantes murmullos, como de conspiración. Entonces, dispuesto a dormir a toda costa, me envolví la cabeza en la almohada y me dije: "Nuestra misión, muchachos, es rescatar al soldado Ryan".
Y bueno, ahora estoy viendo, con envidia, las fotos de Federico: es la hora de la tarde en que la luz del día ya no fatiga los ojos. Tras las nubes en forma de cúmulos hay un cielo azul inmenso que se repite en las aguas tranquilas de una cienaga de orillas verdes y distantes. Y allá a lo lejos, vista desde la canoa, la silueta de las copas de los árboles parece sugerir la cresta prehistórica de los caimanes que ya no existen. Hablando de los caimanes, me gusta mucho como en El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez denuncia su desaparición, y de paso la de los bosques de las orillas del río que fueron consumidos por la barbarie de la civilización.

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