jueves, noviembre 04, 2004

TIEMPOS MODERNOS

En el nivel más profundo de la estación de Les Halles están los muelles de los RER A, B y D (que son unos trenes rapidos, que atraviezan Paris con rumbo a la Banlieue). Y yo que tengo la cabeza llena de recuerdos de exploración de cuevas, yo, que no le temo a las emanaciones maléficas de los lodazales de guano, que he nadado en las frías aguas de los ríos subterraneos, que conozco esos silencios de catedral sólo interrumpidos por el agua que gotea sobre la pila bautismal, que me he arrastrado por túneles apenas más anchos que la extensión de mis hombros, que conozco la alegría de las grandes galerias, la oscuridad absoluta y los hilos de luz, el brillo súbito y milagroso de las columnas de cuarzo, las curiosas salas sembradas de estalactitas y estalagmitas en las cuales uno se mueve como entre una máquina de torturas o una boca monstruosa; yo, que he visto nadar al espectral pez albino sin ojos, al cangrejo descolorido mover su tenaza bajo la luz de mi linterna, a las arañas y al cien pies escapar de mi mano por las paredes, a la rata blanca hacer su nido en los nichos de la roca, a los murcielagos aletear rozando mi cabeza, a la madre murcielago amamantar a sus crias, cabeza abajo, entre chillidos de amor, y, en el suelo, bajo los mamiferos alados, a los escarabajos buscando su sustento entre los excrementos, que están poblados de semillas germinadas que crecen de manera extraña, desproporcionada, y que al cabo sucumben en una verdadera tragedia infantil, cuando todo el entusiasmo que habían puesto en estirarse, excitadas por el abono, se revela como un imposible, y caen de vuelta al caldo nutritivo que les dio la vida, asfixiadas, frustradas, por la falta de luz. Yo que he visto todo eso, cada vez que llego al nivel más profundo de Les Halles, con sus mendigos sucios y barbudos, con sus seis muelles a la vista separados por la fosa de los trenes, con sus enormes columnas de concreto pintadas de grafitis, no puedo evitar pensar que todo esto ha sido construido a imagen y semejanza de las cuevas y que, a pesar de la bomba atómica, los portaviones nucleares y los misiles teledirigidos, todavía seguimos en el paleolitico. Revelación súbita, que para los adeptos del progreso podrá parecer refutable, pero que, ahora, mientras espero el tren leyendo el periódico, se me figura incuestionable pues explica la dinámica de los acontecimientos. Así por ejemplo, el diario reseña que unos cazadores mataron uno de los últimos osos de los Pirineos, que el gigante de Sharon (lo digo por obeso, no por grandioso) continua la construcción de la muralla (esa obra de proporciones megalíticas) y que el troglodita de Bush ha sido reelegido presidente.

De repente un trompetista inunda el subterraneo con una canción famosa de jazz que todo el mundo empieza a tararear. Me acabo de mudar de silla y ahora estoy a su lado. La gente sonrie, mueve los pies, y para concentrarse mejor en lo que escuchan fijan la vista en la trompeta, en la cual, teñidos de dorado, nos reflejamos todos, alegremente, caricaturescamente... y entonces se me ocurre que finalmente el mundo no está tan mal, o que al menos hay cosas que lo salvan, y que algo de una de una edad de oro todavía sobrevive entre nosotros. Justo en este momento, el trompetista recorre el fragmento más intenso de su partitura, exaltado cierra los ojos y toca con toda la fuerza de sus pulmones. El aire se puede tocar... pero he aquí que el circulo de los espectadores acaba de ser roto por unos corpulentos policias que en este momento, entre las protestas de la gente, le hacen saber al trompetista que está prohibido enrarecer el aire y contradecir el tiempo de los relojes sin antes haber obtenido una autorización para hacerlo.

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