miércoles, octubre 20, 2004

Un historia de todos los días

Es el 4 de agosto de 1944. Están en plena clase de inglés. Peter levanta la mano to make a question, cuando de pronto la policia irrumpe en el anexo secreto de la empresa de especias de Amsterdam, donde, desde hace más de dos años, se esconden Fritz Pfeffer, Herman y Augusta Van Pels con su hijo Peter, y Edith y Otto Frank con sus dos hijas Margot y Ana. Ante las amenazas de las pistolas, todos levantan las manos; y un agente (cuyo nombre ha consignado la historia pero que, acá, no nos parece digno de mención) les dice que entreguen el dinero y las joyas. Lo hacen y luego los dirigen a las oficinas de la policia.

Como los gobiernos, incluso cuando se trata de cometer injusticias, siempre respetan las leyes (y si no las respetan entonces las cambian), los encargados de las oficinas no tienen ningún reparo en tomarse varios días revisando la documentación y haciendo los trámites. Mientras tanto, abajo, en los calabozos, Fritz fuma un cigarrillo y se afloja la corbata; en el fondo, sentados en la banca contra la pared, está reunida la familia Van Pels; a su lado, sobre la litera, los Frank. Ana y Peter intercambian una mirada. Recién ingresaron en la clandestinidad, ella escribió en su Diario "tengo miedo de que nos descubran y nos fusilen", sin embargo ninguno de los ocho sabe con certeza qué pasa con los judíos que son detenidos, y todos se entregan en silencio a las conjeturas.

El 8 de agosto los conducen al campo de concentración de Westerbork, al norte de los Países bajos (territorio ocupado por los Nazis desde hace cuatro años), y los encierran en el campamento de castigo. Allí pasan penurias, hasta que al fin el 3 de septiembre los sacan y los meten en un tren. Hacinados en uno de los últimos vagones de carga de un convoy de trenes, atraviesan Alemania en compañía de otros miles de judíos; entran en Polonia, y llegan a Auschwitz el 5 de septiembre por la noche. Se bajan verdaderamente sucios, los rostros cansados, los vientres agitados por los reclamos de las tripas, las bocas resecas, se escuchan lamentos por todos lados, dos hermanos ayudan a descender a una mujer mayor que tiene las piernas hinchadas; y Ana aprieta la mano de su padre, abre la boca para preguntar "dónde estamos", pero no alcanza a pronunciar palabra pues la estremecen pitazos, gritos y ladridos. Los agentes de la SS exigen orden y silencio. Entonces se procede a la selección: los ancianos y los niños menores de quince años son introducidos directamente en la camara de gaces. Al señor Van Pels lo ponen en la fila de espera. Ana se salva porque hace poco festejó sus quince años. Su hermana, Margot, tiene 18 años y Peter 17. A él, a Otto Frank y a Fritz Pfeffer los conducen al campo de hombres. A ellas al de mujeres. Todos voltean la cabeza: para muchos es el tiempo de las últimas miradas... y ya podemos imaginar la elocuencia de esos ojos en semejantes circunstancias.

Esto es peor que en Westerbork: no les dan casi nada de comer, hay demasiada gente (la mayoría enferma), no hay calefacción ni tienen con qué abrigarse y ya se acerca el invierno. Por las fotografias que se conservan de Fritz Pfeffer uno podría pensar que es el hombre más fuerte del grupo, sin embargo muere tres meses después, justo el 20 de diciembre de 1944, según está consignado en los registros. Por su parte, Otto Frank, de contextura delgada y frágil, trata de sobreponerse a las calamidades, animado por la esperanza de reunirse con su mujer y sus hijas. Su esposa Edith, por el contrario, obligada a separarse de Margot y Ana (que son trasladadas en octubre al campo de concentración de Bergen-Belsen en Alemania) muere el 6 de enero de 1945. La señora Van Pels deambula por varios campos, sobrevive al invierno, pero muere en la primavera de 1945 en Checoslovaquia. Su hijo Peter, conducido al campo de Mauthausen en Austria, fallece el 5 de mayo de 1945 (a Ana le gustaba Peter. Ella había escrito en su Diario que él le había dado su primer beso).

Pero volvamos a Ana y a Margot que habían sido trasladadas a Bergen-Belsen en el otoño de 1945. Estos son algunos testimonios de personas que compartieron el campo con ellas:
"Las niñas Frank estaban irreconocibles pues les habían rapado la cabeza. Ellas sufrían de frío como todas nosotras, y se debilitaban un poco cada día" (Señora Van Amerongen-Frankfoorder).
"Ana estaba tan destrozada que era espantoso. Una vez estalló en sollozos y me dijo: "Mis papás están muertos!". Si ella hubiera sabido que su padre continuaba con vida, tal vez habría tenido la fuerza para resistir" (Señora Pick-Goslar).
"Sus ropas estaban llenas de piojos que la picaban todo el tiempo, tanto que ella las había arrojado. Yo recogí todo lo que pude encontrar para vestirla de nuevo. Tuve que envolverle los pies con trapos...Ana nos decía que era tal el horror que sentía por los piojos en sus ropas, que ella las había botado. Estabamos en pleno invierno y yo la encontré desnuda, acurrucuda dentro de una manta"(Señora Brandes-Brilleslijper).
"Los síntomas del tifus se habían hecho visibles en ellas, sin duda alguna. Estaban tan enfermas que no había ninguna esperanza" (Señora Van Amerongen-Frankfoorder).
Ana y Margot murieron en marzo de 1945, una después de la otra, semanas antes de que los ingleses liberaran el campo.

El 27 de enero de 1945 los rusos abren las puertas del campo de Auschwitz, y Otto Frank recupera la libertad; metido en una especie de pijama y sin mucha carne que recubra sus huesos, se dedica a buscar a su familia entre los sobrevivientes... Alguien le dice que muchos fueron trasladados. La guerra continua en varias regiones de Europa, y él no puede hacer nada. Entonces, el 5 de marzo de 1945, los soviéticos lo llevan hasta el puerto de Odessa en el Mar Negro; allí se embarca con rumbo a Marsella; cruza Francia y Belgica en tren; y, finalmente, entra en Amsterdam en un camión, el 3 de junio de 1945. Miep Santrouschitz y su esposo Jan Gies, sus antiguos protectores, lo reciben en su casa. Inmediatamente, Otto establece correspondencia con otros judíos y no demora en saber que su esposa está muerta. Pero alguien le cuenta que sus hijas habían sido llevadas a Bergen-Belsen y eso le devuelve las esperanzas, pues éste era un campo de concentración y no de exterminio como Auschwitz. Continua la busqueda y en agosto publica un anuncio en un periódico, pero la verdad se le viene encima y lo derrumba. Está desconsolado. Después de su captura, Miep había recogido en el Anexo los albumes de fotos, los libros escolares y el Diario de Ana. Otto lo lee sorprendido, y decide publicarlo para así realizar el sueño de su hija y para conservar con vida sus palabras. Ella había escrito el 11 de mayo de 1944: "Tu sabes que desde hace mucho tiempo mi deseo más querido es convertirme en periodista y, más tarde, en una escritora célebre".

......

Por estos días se realiza en París una exposición fotográfica de Primo Levi. Un químico italiano que después de su experiencia en Auschwitz se convirtió en escritor. "Sobrevivir para contar", esa fue su fuerza.

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