domingo, octubre 03, 2004

ANOCHE

El que aquí escribe no ha dormido sino unas cuantas horas desde ayer: anoche fue La nuit blanche, es decir, la noche en blanco. Empezamos comiendo y tomando café (imprescindible) en la casa de Juliana y Jaime (la primera preparó lo primero, el segundo lo segundo). A las 22 horas fuimos desde Republique hasta la Place de l'Opera donde, subidos en una tarima de cinco metros, varios niños franceses y Marroquís, unas veces solos otras en grupo, cantaban arias y canciones tradicionales. Luego fuimos hasta el número 58 de la calle Richeliu para ver Red Doors, una instalación del artista chino Wang Gong Xin, pero había una cola tan larga como la de un dragón y entonces cogimos rumbo hacía el Jardin des Halles, donde una orquesta tradicional francesa tocaba en medio de una tormenta de nieve (de espuma). Bailamos un buen rato entre la gente, con la cabeza nevada, hasta que alguien que sostenía una botella de whiskey gritó "por favor paren que ya me lavé el pelo esta mañana", nos reimos como diciendo "este tipo tiene razón" y entonces nos fuimos. Luego, en la esquina que forman las calles Lescot y Rambuteau vimos una proyección de Peter Kogler: montones de hormigas recorrían los muros de Les Halles. A unos no nos pareció la gran cosa, y a otros todo lo contrario, entonces fue la polémica un rato. Luego atravezamos Beaubourg con dirección a Republique: Jaime y Juliana, mis compañeros de la noche, desertaron cuando apenas era la 1 de la mañana. Todo el mundo había salido a la calle. El metro, los bares, los museos, los restaurantes, todo estaba abierto. Paris estaba dispuesta a no dormir, y yo tampoco. Entonces, fui a la Maison de Victor Hugo (6 place de Vosges), donde había una instalación de Jean-François Fourtou. Como la cosa prometía había una fila muy larga: cuarenta minutos de pie. Ya me estaba acercando a la entrada del museo cuando de pronto tres personas (dos mujeres y un hombre), con intenciones de colarse, me preguntaron si nos conociamos. Yo les dijé que no, pero que igual se podían hacer conmigo. Empezamos a hablar y terminamos haciendo el recorrido juntos. Como en la película Jumanji, orangutanes, jirafas, perros y gansos habían invadido con insolencia la morada del autor de Los Miserables. En el comedor unos orangutanes destrozaban un banquete, en otra parte una jirafa, queriendo oler unas flores, había hecho caer un florero al piso, simios colgaban de las lamparas, los perros hacían daños, y, en la habitación, un mico que se hacía pasar por Victor Hugo firmaba una de sus obras. A la salida ellos me dijeron que tenían un carro y que podía acompañarlos. Entonces, siendo las tres de la mañana, fuimos hasta Le Théâtre du Chatelet, en cuya fachada se proyectaba la opera Antigona. Después pasamos por la Place Igor-Stravinsky, donde Santiago Reyes proyectaba en los muros placas conmemorativas del tipo "aquí vivió fulanito". Y aquí fue lo mejor: a las cuatro y media de la mañana nos fuimos a amanecer a Les Buttes Chaumont, un gran parque al norte de París donde todo de repente había cambiado: los monumentos mudaban de colores mientras en la superficie del lago los reflejos multicolores vacilaban como en sueños ; entre grupos de castaños y de encinas luces fantasmagóricas creaban remansos alucinantes; en la cueva de la cascada las palomas agitadas buscaban sus nidos en las estalactitas a veinte metros del piso; el chorro de agua tronaba mientras de entre los arbustos, los árboles, las colinas y las piedras salían músicas y sonidos extraños que se mezclaban formando una sinfonía para esquizofrénicos; y el conjunto de los sonidos, el resplandor de todas las luces, las primeras claridades del alba, la sensación de estar en un cuadro de Magritte, todo eso nos hacía dudar si estabamos dormidos o despiertos; y bien podría haber pasado un grupo de gnomos, aterrizado una nave espacial o relinchado un unicornio y no nos habríamos sorprendido.

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