miércoles, septiembre 29, 2004

EL NUEVO FASCISMO (versión completa)

Todo el mundo sabe lo que se experimenta a la salida del cine. Cuando la fuerza del argumento, de las imagenes, del sonido y de las palabras de la película que acabamos de ver es tal que nos olvidamos de nosotros mismos y del mundo que nos rodea, salir de la sala oscura equivale a nacer de nuevo en la medida en que todo parece distinto, como si la novedad del mundo no se hubiera agotado a fuerza de gastarlo con la mirada. Siempre que un problema empieza a preocuparme demasiado voy a cine... o mejor: necesito ir a cine todas las semanas, si es posible, para que los problemas no me preocupen demasiado. Sin embargo, para mí las mejores películas no son las que me hacen olvidarme de mis problemas, sino las que, al abrirme los ojos a problemáticas más amplias, me permiten verlos en perspectiva.

Ese es el caso de El evangelio según San Mateo (1964) de Pier Paolo Pasolini. Vi este filme un domingo, hace unas cuantas semanas. Los espectadores, que a la entrada fumaban y tomaban café, con ese aire sordido de los que no visitan a su familia ni van a misa el domingo, a la salida parecían distintos: teníamos el mismo aspecto que Pedro y Andrés cuando a la orilla del mar de Galilea, Jesús les dijo: "Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres". Algunos la cabeza gacha, meditabundos, otros los ojos en alto como iluminados, todos salimos del cine en silencio, con la sensación no de haber visto una película sino de habernos confundido entre la gente que, en la primera mitad del siglo primero, seguía y escuchaba las enseñanzas de Jesús. Se me ocurre que la razón de ello hay que buscarla, principalmente, en tres elementos: en la excelente actuación de Enrique Irazoqui (Cristo); en el manejo de la camara, que narra la vida de Jesús desde los ojos de un testigo que se mueve entre la muchedumbre; y, claro está, en la actualidad y en la fuerza del mensaje evangélico.

Los días siguientes estuve un poco preocupado: hay preguntas que uno no alcanza a formularse del todo y que sin embargo lo acosan. Este era más o menos mi interrogante: por qué un autor marxista y homosexual, enemigo del Vaticano, al cual nunca le perdono su complicidad con el Facismo, decide hacer una película sobre Jesucristo, tan fiel al texto bíblico que acaba por hacerse merecedora del Grand Prix de l'Office Catholique du Cinéma? Buscando respuestas empecé a leer los Ecrits Corsaires (París: Flammarion, 1976) y he aquí mis conclusiones.

Pasolini dijo "hablar siempre a título personal". Por ello, si bien se definía a si mismo como un intelectual marxista, sus opiniones divergían de aquellas del Partido Comunista Italiano, con el cual sostuvo largas polémicas; por ejemplo, en lo referente al homosexualismo y al aborto. Sobre el primero dijo: "el marxismo que lo descarta o lo niega (no sin desprecio) no es menos peligroso que el facista francés que, en el Parlamento, ha querido definir la homosexualidad como una "plaga social". Y sobre el segundo afirmó: "decir que la vida no es sagrada y que el sentimiento es una cosa estupida, es hacerle un inmenso favor a los industriales. Qué es lo que, en verdad, hace realizables las masacres políticas después de que uno ha tenido la idea? Es terriblemente evidente: la ausencia del sentimiento de que la vida del otro es sagrada Qué es lo que hace realizables las horribles empresas de este fenómeno imponente y decisivo que es la nueva criminalidad? Eso es todavía más evidente: se trata del hecho de que uno considera que la vida del otro es nada y nuestro propio corazón un simple músculo". A raíz de estas discrepancias y no sin justa razón se ha dicho que Pasolini era en realidad un "comunista primitivo". Eso se hace más evidente a la luz de su análisis y diagnóstico de la sociedad italiana.

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial finalizan también los veinte años de regimen fascista, y el gobierno italiano pasa entonces a manos de la Democracia Cristiana (que apela al cristianismo como estrategia electoral, y que sólo puede decirse democrática en un sentido "descaradamente formal"), la cual, por la vía de la industrialisación y la instauración de la sociedad de consumo, transforma el país durante los años 60-70. En apariencia se trata de un nuevo gobierno distinto al anterior: de esta manera, si el Régimen de Mussolini se había basado en la familia, la patria y la iglesia, la D.C. se va a sustentar en el capital de la industria transnacional, va a permitir el divorcio, y va a instaurar una nueva sociedad donde las unicas marcas de religiosidad van a ser "el carácter sagrado del consumo entendido como rito y de la mercancia en cuanto fetiche". La contradicción que entraña el hecho de que un partido que se dice "cristiano" se convierta en agente de la secularización de la sociedad italiana, se explica en la medida en que el nuevo poder burgués (a favor del cual gobierna la D.C.) "necesita de parte de los consumidores un espíritu completamente pragmático y hedonista: un universo mecánico y puramente terrestre donde el ciclo de la producción y el consumo se pueda realizar según su propia naturaleza".

Con respecto a la moral represiva del catolicismo, la nueva sociedad aparece como un horizonte liberador y de tolerancia; donde además se realiza el principio de la igualdad por medio de la unificación cultural que lleva a cabo la televisión. Sin embargo, detrás de estas apariencias se esconde un nuevo totalitarismo, "el fascismo del consumo", mucho más represivo que el fascismo en su etapa clásica: "la fiebre del consumo es una fiebre de obediencia a un orden no enunciado. Todos sentimos la ansiedad, degradante, de ser como los otros en el acto de consumir, de ser felices, de ser libres, porque esa es la orden que cada uno ha recibido y a la cual debemos obedecer si nos sentimos diferentes. Nunca habíamos tenido tanto miedo de ser diferentes como en este periodo de tolerancia. La igualdad no ha sido para nostros una conquista, más bien ha sido una "falsa" igualdad que hemos recibido como regalo". El carácter represivo de la sociedad de consumo puede comprobarse en el exterminio de las culturas locales, que, en todos los rincones del planeta, son remplazadas por el modelo monocultural impuesto por la televisión occidental; en la afasia, en la ausencia de capacidad crítica, en la normalidad y en el conformismo que son las cualidades que conlleva el modelo universal del hombre consumidor; en la trampa del hedonismo que no apunta al placer ni a la felicidad de los hombres, sino a la adquisición de mercancias; y que se refleja en la pobreza y en la frustración en la que viven millones de personas que son excluidas y subyugadas en nombre de esta aparente igualdad.

La iglesia, portavoz del espíritu, que tendría la posibilidad de oponerse a este estado de las cosas, ha decidido, en cambio, pactar con el poder (primero el fascista y ahora el burgués) en vez de asumir el papel liberador y revolucionario que con relación al Imperio Romano desempeñaron las primeras comunidades cristianas. Como dice Pasolini "hace ya mucho tiempo que los católicos se olvidaron de ser cristianos". Ese es justamente el significado de hacer una película basada en el evangelio, por un lado representa una invitación a la iglesia a reformarse, y por el otro "el mensaje de humildad ascética" de las primeras comunidades cristianas es un modelo aún valido a oponer "a la sociedad burguesa hedonista y plena de soberbia".

Posddata: alguien dijo que la Navidad moderna es el mejor ejemplo de cómo el Catolicismo, desde el centro mismo de su doctrina, ha sabido pactar con el Capitalismo.


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