jueves, agosto 19, 2004
Sobre la diferencia entre "recién bajado de la mata de plátano" y "recién bajado de la Torre Eifel"
No se por qué últimamente se me ha dado por acordarme tanto de Pablo M. Hasta soñé que su familia hacía una fiesta para María José y yo iba intachable, vestido de saco y corbata por la tercera vez en mi vida. Se me ocurre que metido por allá en la selva (por donde anda hace más de año y medio como médico de los indígenas) habrá desarrollado facultades telepáticas como resultado del uso repetido de ciertos fármacos que los chamanes le darán a conocer como contraprestación de sus servicios. O tal vez me equivoco; de pronto anda juicioso el Pablo y simplemente yo me acuerdo de él por contraste: yo acá en Paris que se ilumina con energía atómica, y él allá a la luz de las luciérnagas; yo comiendo manzanas y él no se qué tipos de madroños; yo haciendo pique-nique en una ribera tapizada de adoquines, y él empeloto, dando brazadas entre nutrias y chigüiros; yo en Paris, "la civilizada y costurera" que decía Carrasquilla, y él en medio del monte con el pantalón roto; etc. Aunque a la larga, ambos estamos enfrentados a una lengua y a una cultura distintas, en calidad de étrangers (yo en condicion de extranjero y él en la de extraño).
Lo que pasa es que por acá lo más cercano a un bosque que conozco es el Bois de Vincenne y el Bois de Boulogne, que están atravezados por calles y bordeados por autopistas, y a uno de repente le dan ganas de emboscarse en un monte enmarañado en donde descansar de la geometría euclidiana. Resulta que la misma sed de exotismo que lo hace a uno venir también lo tienta a regresar. Pero no, y menos ahora que ya tengo número de seguridad social; por ahora seguiré idealizando la vida de Pablo (pensando que está más cerca de La laguna azul que de Holocausto Caníbal) en tanto que él se imaginará, tal vez, un poco mas refinada la mía. (Aunque la verdad es que soy un clochard).
El uso de los cubiertos es un rasgo de civilización que es necesario tener en cuenta. Así, por ejemplo, la comida africana esta diseñada para comer con la mano, y a medida que se asciende en la piramide social se encuentra uno con novedades tales como que ciertas personas muy refinadas se comen la pizza o la mazorca con cuchillo y tenedor. El otro día me estaba comiendo una crêpe, y, embarazado por el queso derretido, cortaba con mis dedos los cables del teleférico que se había establecido entre mi boca y el plato, hasta que, encantado con esta nueva libertad de modales, terminé envuelto en una verdadera orgia gastronómica. Entonces Luc, un francés, me dijo: "Tu manges comme un cochon"
Lo de acordarme de Pablo también viene por un dato que no puedo sacarme de la cabeza. Cada año se talan en el mundo 17 millones de hectáreas de bosque que equivalen a cuatro veces la superficie de Suiza... El dia menos pensado Pablo se va a descubrir viviendo ya no en plena selva, sino en pleno corazón de Zurich.
No se por qué últimamente se me ha dado por acordarme tanto de Pablo M. Hasta soñé que su familia hacía una fiesta para María José y yo iba intachable, vestido de saco y corbata por la tercera vez en mi vida. Se me ocurre que metido por allá en la selva (por donde anda hace más de año y medio como médico de los indígenas) habrá desarrollado facultades telepáticas como resultado del uso repetido de ciertos fármacos que los chamanes le darán a conocer como contraprestación de sus servicios. O tal vez me equivoco; de pronto anda juicioso el Pablo y simplemente yo me acuerdo de él por contraste: yo acá en Paris que se ilumina con energía atómica, y él allá a la luz de las luciérnagas; yo comiendo manzanas y él no se qué tipos de madroños; yo haciendo pique-nique en una ribera tapizada de adoquines, y él empeloto, dando brazadas entre nutrias y chigüiros; yo en Paris, "la civilizada y costurera" que decía Carrasquilla, y él en medio del monte con el pantalón roto; etc. Aunque a la larga, ambos estamos enfrentados a una lengua y a una cultura distintas, en calidad de étrangers (yo en condicion de extranjero y él en la de extraño).
Lo que pasa es que por acá lo más cercano a un bosque que conozco es el Bois de Vincenne y el Bois de Boulogne, que están atravezados por calles y bordeados por autopistas, y a uno de repente le dan ganas de emboscarse en un monte enmarañado en donde descansar de la geometría euclidiana. Resulta que la misma sed de exotismo que lo hace a uno venir también lo tienta a regresar. Pero no, y menos ahora que ya tengo número de seguridad social; por ahora seguiré idealizando la vida de Pablo (pensando que está más cerca de La laguna azul que de Holocausto Caníbal) en tanto que él se imaginará, tal vez, un poco mas refinada la mía. (Aunque la verdad es que soy un clochard).
El uso de los cubiertos es un rasgo de civilización que es necesario tener en cuenta. Así, por ejemplo, la comida africana esta diseñada para comer con la mano, y a medida que se asciende en la piramide social se encuentra uno con novedades tales como que ciertas personas muy refinadas se comen la pizza o la mazorca con cuchillo y tenedor. El otro día me estaba comiendo una crêpe, y, embarazado por el queso derretido, cortaba con mis dedos los cables del teleférico que se había establecido entre mi boca y el plato, hasta que, encantado con esta nueva libertad de modales, terminé envuelto en una verdadera orgia gastronómica. Entonces Luc, un francés, me dijo: "Tu manges comme un cochon"
Lo de acordarme de Pablo también viene por un dato que no puedo sacarme de la cabeza. Cada año se talan en el mundo 17 millones de hectáreas de bosque que equivalen a cuatro veces la superficie de Suiza... El dia menos pensado Pablo se va a descubrir viviendo ya no en plena selva, sino en pleno corazón de Zurich.
martes, agosto 17, 2004
Últimas noticias
Se acabaron los comentarios de indignación que escribía después de leer los periódicos colombianos en Internet; también se acabaron las quejas ecologistas que en algún momento me hicieron merecedor del apodo "Capitán planeta"; igualmente tuvieron su fin las descripciones de la vida americana en Paris; todo esto porque es imposible escribir en una cafetera o en una grabadora, así sea nueva.
Como queríamos ser columnistas y no teníamos periódico, nos iventamos uno. Siendo que no teníamos computador, pedimos uno prestado. Pero ocurre que ya nos cerraron, definitivamente, la puerta donde estaba el ordenador; y nos dejaron en la calle con una cafetera, una grabadora, un arrume de periódicos y revistas, y otros articulos de menor importancia que suelen emplearse en las oficinas.
Ahora andamos con un lapicero y una libreta todo el día; anotamos lo que nos gustaría publicar; desarrollamos las ideas en el metro; timbramos en la casa de algún amigo que tenga Internet, nos invitan a tomar un café y mientras el agua hierve aprovechamos para escribir tres párrafos en El planeta.
Y aquí estamos, tomandonos un tinto y desmintiendo lo que habiamos dicho en las primeras líneas: no nos acabamos, simplemente ahora somos un periódico en la indigencia. Decía Cortazar que mientras una persona tenga una lata de café no está en la última miseria; y que todavía puede resistir un poco. A la hora de hablar de las personas sostenemos lo mismo a condición de trocar la lata de café por una de atún; pero en cambio, en lo referente a las oficinas nos parece que esta idea viene como anillo al dedo. Cualquiera diría que una oficina no es nada sin un escritorio; pero eso se remedia con dos sillas y una tabla. Otro podría añadir que se necesita un cenicero, un perchero y un pisapapeles. Bagatelas! Lo que hace falta es café. Una taza tras otra que permita mantener la lucidez. En las oficinas se trabaja con el cerebro, no con el mobiliario! Con respecto a lo de los computadores, ya ven como nos la arreglamos.
Las palabras anteriores para darnos un poco de ánimos; y ahora pasemos a las informaciones: nos coge el día de hoy un poco desinformados de lo que pasa en Colombia y el mundo. Ya que que por falta de Internet no podemos hablar de otra actualidad que no sea la de nuestra propia vida, aquí van algunas noticias que más merecen el nombre de "chismes".
Madame Guillou y su familia se fueron de vacaciones para Bretaña y yo quedé en calidad de "Jardinero encargado". Salgo en pantaloneta, cruzo la verja que separa nuestras casas y recorro su jardín. Con un palo bajo las manzanas picadas para evitar que perjudiquen el árbol. También bajo las manzanas buenas antes de que se dañen. Superviso el crecimiento de los tomates, la albahaca, la lechuga, el repollo y el perejíl. Realizo unas podas muy convenientes para mi ensalada. Atraviezo las ruinas del viejo invernadero, examinando con ojos de arqueólogo las losas, las conchas de caracoles muertos, las macetas y los vidrios rotos. No encuentro el legendario tesoro de Saint-Maur! Entonces paso al trabajo como tal: riego los árboles jovenes, las flores y los arbustos. Eso me toma treinta minutos, al cabo de los cuales termino más empapado que el Papa (en un día de lluvía).
Hoy me encontré saliendo de mi casa, botada en la basura, una caja con una maravillosa colección de al menos cien llaveros publicitarios de los años sesenta. De pronto algún vecino se murió y la viuda se deshizo de todos sus cachibaches. Ese es el tesoro de hojalata del moderno Saint-Maur. Ahora me pertenece.
Una amiga se fue para su país y me dejó lo siguiente: una grabadora (radio am-fm, casetera y reproductor de discos compactos), un ventilador (cuatro potencias), unos discos, una mata de aguacate en su respectiva matera, varios utiles escolares, libros, curitas, copitos, etc.
Eso es todo por hoy, queridos lectores.
Se acabaron los comentarios de indignación que escribía después de leer los periódicos colombianos en Internet; también se acabaron las quejas ecologistas que en algún momento me hicieron merecedor del apodo "Capitán planeta"; igualmente tuvieron su fin las descripciones de la vida americana en Paris; todo esto porque es imposible escribir en una cafetera o en una grabadora, así sea nueva.
Como queríamos ser columnistas y no teníamos periódico, nos iventamos uno. Siendo que no teníamos computador, pedimos uno prestado. Pero ocurre que ya nos cerraron, definitivamente, la puerta donde estaba el ordenador; y nos dejaron en la calle con una cafetera, una grabadora, un arrume de periódicos y revistas, y otros articulos de menor importancia que suelen emplearse en las oficinas.
Ahora andamos con un lapicero y una libreta todo el día; anotamos lo que nos gustaría publicar; desarrollamos las ideas en el metro; timbramos en la casa de algún amigo que tenga Internet, nos invitan a tomar un café y mientras el agua hierve aprovechamos para escribir tres párrafos en El planeta.
Y aquí estamos, tomandonos un tinto y desmintiendo lo que habiamos dicho en las primeras líneas: no nos acabamos, simplemente ahora somos un periódico en la indigencia. Decía Cortazar que mientras una persona tenga una lata de café no está en la última miseria; y que todavía puede resistir un poco. A la hora de hablar de las personas sostenemos lo mismo a condición de trocar la lata de café por una de atún; pero en cambio, en lo referente a las oficinas nos parece que esta idea viene como anillo al dedo. Cualquiera diría que una oficina no es nada sin un escritorio; pero eso se remedia con dos sillas y una tabla. Otro podría añadir que se necesita un cenicero, un perchero y un pisapapeles. Bagatelas! Lo que hace falta es café. Una taza tras otra que permita mantener la lucidez. En las oficinas se trabaja con el cerebro, no con el mobiliario! Con respecto a lo de los computadores, ya ven como nos la arreglamos.
Las palabras anteriores para darnos un poco de ánimos; y ahora pasemos a las informaciones: nos coge el día de hoy un poco desinformados de lo que pasa en Colombia y el mundo. Ya que que por falta de Internet no podemos hablar de otra actualidad que no sea la de nuestra propia vida, aquí van algunas noticias que más merecen el nombre de "chismes".
Madame Guillou y su familia se fueron de vacaciones para Bretaña y yo quedé en calidad de "Jardinero encargado". Salgo en pantaloneta, cruzo la verja que separa nuestras casas y recorro su jardín. Con un palo bajo las manzanas picadas para evitar que perjudiquen el árbol. También bajo las manzanas buenas antes de que se dañen. Superviso el crecimiento de los tomates, la albahaca, la lechuga, el repollo y el perejíl. Realizo unas podas muy convenientes para mi ensalada. Atraviezo las ruinas del viejo invernadero, examinando con ojos de arqueólogo las losas, las conchas de caracoles muertos, las macetas y los vidrios rotos. No encuentro el legendario tesoro de Saint-Maur! Entonces paso al trabajo como tal: riego los árboles jovenes, las flores y los arbustos. Eso me toma treinta minutos, al cabo de los cuales termino más empapado que el Papa (en un día de lluvía).
Hoy me encontré saliendo de mi casa, botada en la basura, una caja con una maravillosa colección de al menos cien llaveros publicitarios de los años sesenta. De pronto algún vecino se murió y la viuda se deshizo de todos sus cachibaches. Ese es el tesoro de hojalata del moderno Saint-Maur. Ahora me pertenece.
Una amiga se fue para su país y me dejó lo siguiente: una grabadora (radio am-fm, casetera y reproductor de discos compactos), un ventilador (cuatro potencias), unos discos, una mata de aguacate en su respectiva matera, varios utiles escolares, libros, curitas, copitos, etc.
Eso es todo por hoy, queridos lectores.
