viernes, agosto 06, 2004
No quiero escribir nada.
No tengo ganas de decir nada.
La verdad sí, pero no me animo.
Ya será en otra ocasión.
Ya hablaré otro día de la anciana que tiene una floristeria que abre según su capricho; decorada con mil cosas sacadas de su larga vida: flores secas que amó en algún tiempo, juguetes, porcelanas, etc.
Del mercado lleno de árabes y el hueco del metro.
De una piscina pública.
De un taxi y un vuelo.
Del clima raro y no se qué más.
No tengo ganas de decir nada.
La verdad sí, pero no me animo.
Ya será en otra ocasión.
Ya hablaré otro día de la anciana que tiene una floristeria que abre según su capricho; decorada con mil cosas sacadas de su larga vida: flores secas que amó en algún tiempo, juguetes, porcelanas, etc.
Del mercado lleno de árabes y el hueco del metro.
De una piscina pública.
De un taxi y un vuelo.
Del clima raro y no se qué más.
martes, agosto 03, 2004
LA SEINE
''Las lamparas de gaz se encendían; y el Sena, verdusco en toda su extensión, se rasgaba en reflejos de plata contra las pilas de los puentes"; o "los reberberos brillaban en dos líneas derechas, indefinidamente, y largas llamas rojas vacilaban en la profundidad del agua". Eso en el siglo XIX, ahora en una noche a la orilla del Sena uno puede ver, además de los reflejos de las luces en el agua, unos cuantos patos y una luna inmensa; grupos de amigos que con la excusa de hacer un pique-nique se reunen a la orilla del río para tratar de agarrar algo del viento fresco que arrastra la corriente; un pakistaní de barba y turbante vendiendo cerveza y botellas de agua; barcos llenos de turistas que con unos grandes reflectores encandilan a la gente que está en las orillas para mostrar como una curiosidad zoológica la vida nocturna de la ciudad; algunos turistas que ya hiceron el paseo en el barco y les quedó gustando la idea; gente bailando salsa, rock and roll y tango; tipos botando candela por la boca y mujeres jovenes que agitan una cuerda en cuyos extremos arden borlas de fuego; gente a pie, sentada o en bicicleta; alguien que cumple años, que vive en una ratonera, y que decide hacer una fiesta en el muelle: lleva una grabadora o le da trago a algunos músicos aficionados que están por ahí, o si es muy sofisticado invita un dj que toca música en un computador portatil; a sabiendas de que es un espacio público, la gente se va colando y hasta llega un tipo y despliega un asador y empieza a vender perros calientes al carbón metidos dentro de una baguette y rociados no con ketchup sino con moutarde.
En el siglo XIX se canalizó el Sena y ahora sus bordes no son esa frontera entre la tierra y el agua que uno tiene en mente cuando piensa en la ribera de un río; sus orillas ya no son interesantes para los naturalistas; sin embargo, la ausencia de fauna y flora se compensa en algo con el interesante palpitar de la vida humana.
Me gusta sentarme a la orilla del Sena, me gustan sus puentes, la vista de Notre-Dame desde L'ile de Saint Louis, los reflejos de las luces y el movimiento de la gente. Lo tengo bien detallado, tanto que a veces me da la impresión de que el río se arremolina y se arrebata, incomodado por tanto ladrillo, como un perro furioso tratando de quitarse una camiseta. Entonces me acuerdo de esos ríos que rugiendo embisten los acantilados hasta reducirlos a guijarros; de esos otros que llenos de cañas y piedras sirven de hogar a mil bichos venenosos; de las traicioneras aguas de ciertas quebradas que tras una noche de lluvias inundan los valles; de los que tienen la manía de matar gente; de los que se desploman desde tales alturas que terminan convertidos en lluvia; de aquellos ríos fangosos que se alimentan de tierra; de ciertos remansos misteriosos; de los que esconden al tigre y a la piraña; etc. Y entonces me llegan a la memoria, como una advertencia, las palabras con que José Eustasio Rivera se defendió de los reproches que Eduardo Castillo le hacía a La vorágine: "Tú te has pasado la vida extasiado ante las aguas refinadas del Sena. Al verte ahora ante un río de los nuestros, incivilizado y rebelde, te has sentido sorprendido e insatisfecho, lo cual es más que comprensible".
Links:
La nuit
Paris en vert
La Seine à Paris
El sena visto desde el agua
El Sena y la Biblioteca
''Las lamparas de gaz se encendían; y el Sena, verdusco en toda su extensión, se rasgaba en reflejos de plata contra las pilas de los puentes"; o "los reberberos brillaban en dos líneas derechas, indefinidamente, y largas llamas rojas vacilaban en la profundidad del agua". Eso en el siglo XIX, ahora en una noche a la orilla del Sena uno puede ver, además de los reflejos de las luces en el agua, unos cuantos patos y una luna inmensa; grupos de amigos que con la excusa de hacer un pique-nique se reunen a la orilla del río para tratar de agarrar algo del viento fresco que arrastra la corriente; un pakistaní de barba y turbante vendiendo cerveza y botellas de agua; barcos llenos de turistas que con unos grandes reflectores encandilan a la gente que está en las orillas para mostrar como una curiosidad zoológica la vida nocturna de la ciudad; algunos turistas que ya hiceron el paseo en el barco y les quedó gustando la idea; gente bailando salsa, rock and roll y tango; tipos botando candela por la boca y mujeres jovenes que agitan una cuerda en cuyos extremos arden borlas de fuego; gente a pie, sentada o en bicicleta; alguien que cumple años, que vive en una ratonera, y que decide hacer una fiesta en el muelle: lleva una grabadora o le da trago a algunos músicos aficionados que están por ahí, o si es muy sofisticado invita un dj que toca música en un computador portatil; a sabiendas de que es un espacio público, la gente se va colando y hasta llega un tipo y despliega un asador y empieza a vender perros calientes al carbón metidos dentro de una baguette y rociados no con ketchup sino con moutarde.
En el siglo XIX se canalizó el Sena y ahora sus bordes no son esa frontera entre la tierra y el agua que uno tiene en mente cuando piensa en la ribera de un río; sus orillas ya no son interesantes para los naturalistas; sin embargo, la ausencia de fauna y flora se compensa en algo con el interesante palpitar de la vida humana.
Me gusta sentarme a la orilla del Sena, me gustan sus puentes, la vista de Notre-Dame desde L'ile de Saint Louis, los reflejos de las luces y el movimiento de la gente. Lo tengo bien detallado, tanto que a veces me da la impresión de que el río se arremolina y se arrebata, incomodado por tanto ladrillo, como un perro furioso tratando de quitarse una camiseta. Entonces me acuerdo de esos ríos que rugiendo embisten los acantilados hasta reducirlos a guijarros; de esos otros que llenos de cañas y piedras sirven de hogar a mil bichos venenosos; de las traicioneras aguas de ciertas quebradas que tras una noche de lluvias inundan los valles; de los que tienen la manía de matar gente; de los que se desploman desde tales alturas que terminan convertidos en lluvia; de aquellos ríos fangosos que se alimentan de tierra; de ciertos remansos misteriosos; de los que esconden al tigre y a la piraña; etc. Y entonces me llegan a la memoria, como una advertencia, las palabras con que José Eustasio Rivera se defendió de los reproches que Eduardo Castillo le hacía a La vorágine: "Tú te has pasado la vida extasiado ante las aguas refinadas del Sena. Al verte ahora ante un río de los nuestros, incivilizado y rebelde, te has sentido sorprendido e insatisfecho, lo cual es más que comprensible".
Links:
La nuit
Paris en vert
La Seine à Paris
El sena visto desde el agua
El Sena y la Biblioteca
domingo, agosto 01, 2004
Hace tiempos que no escribía en Internet y estoy aquí improvisando, movido unicamente por el deseo de no abandonar mi blog. No se que escribir, aunque podría tocar muchos temas. Podría por ejemplo adelantar un poco de un proyecto grandioso que tengo: escribir la apología de la uña. Ella le da firmeza al dedo y cuando es armoniosa y saludable además lo adorna. Ay! Si no fuera por ella que aspecto tan lamentable el de la última falange! Ella impide que el cuchillo comprometa la totalidad del dedo de la cocinera; ella sostiene la industria cosmética; cuando es larga y firme tiene más virtudes que una navaja suiza; calma el estres; combate el mugre, la costra, el barro y la espinilla, etc.
El jueves, Iván se fue de la casa de Saint Maur a un estudio que consiguió en Paris. Mientras le entregaba las llaves a la propietaria, ella le dijo: "Como usted ya sabe español, francés e inglés, yo estoy segura que cuando vuelva a su país podrá conseguir un buen puesto como embajador o Ministro de Relaciones exteriores". Risas totales.
El otro día se me ocurrió una idea para un cuento, pero no creo que prospere:
Habiendo intentado ya todos los remedios para impedir el sueño, en cuanto se bajó del metro se acercó a una maquina dispensadora de café y en breve obtuvo un expreso que empezó a beber con la premura que ameritaba la hora, las 7:30. Y allí parado regurgito, aspersando con los labios, ese café horrible y parte del almuerzo, sobre el hocico sintetico de la peor cafetera automática del mundo. Con qué funciona esta porqueria, con orines de gato? Y quizo agarrarla a patadas, y dejarla tuerta de todos los botones, y romperle en dos esa cara de Nescafé, pero se contuvo al ver pasar unos polisontes, y entonces se alejó pensando, en tanto que se limpiaba la boca con las mangas de la camisa, que al menos la había dejado hecha una miseria...
El jueves, Iván se fue de la casa de Saint Maur a un estudio que consiguió en Paris. Mientras le entregaba las llaves a la propietaria, ella le dijo: "Como usted ya sabe español, francés e inglés, yo estoy segura que cuando vuelva a su país podrá conseguir un buen puesto como embajador o Ministro de Relaciones exteriores". Risas totales.
El otro día se me ocurrió una idea para un cuento, pero no creo que prospere:
Habiendo intentado ya todos los remedios para impedir el sueño, en cuanto se bajó del metro se acercó a una maquina dispensadora de café y en breve obtuvo un expreso que empezó a beber con la premura que ameritaba la hora, las 7:30. Y allí parado regurgito, aspersando con los labios, ese café horrible y parte del almuerzo, sobre el hocico sintetico de la peor cafetera automática del mundo. Con qué funciona esta porqueria, con orines de gato? Y quizo agarrarla a patadas, y dejarla tuerta de todos los botones, y romperle en dos esa cara de Nescafé, pero se contuvo al ver pasar unos polisontes, y entonces se alejó pensando, en tanto que se limpiaba la boca con las mangas de la camisa, que al menos la había dejado hecha una miseria...
