martes, julio 20, 2004
domingo, julio 18, 2004
El otro día me bajé del tren y no acababa de poner un pie en el muelle de Les halles cuando escuché la melodia más agradable que haya escuchado desde que vi La vie est un roman de Alain Resnais; y la referencia no es erudita, pues si me acordé de esta pelicula fue porque esa música me produjo la misma sensación de bienestar. La tocaban dos negros y un barbudo mestizo, los cuales se me presentaron a la imaginación como un trío de jazistas latinoamericanos, tal vez cubanos o brasileños o quién sabe de dónde, que tocaban en el metro por puro placer, y que siendo unos genios vivían en la miseria, un poco como Charlie Parker. Los negros hacían la percusión: el que se me antojó brasileño empezaba a sacar ritmos de dos tambores y una botella de cerveza verde con unas baquetas, y después entraba el otro que con las palmas de las manos golpeaba unas especies de congas; y mientras tanto el barbudo tomaba cerveza y movía el pie, y cuando le parecía conveniente se paraba de la silla y sonriendo tocaba la trompeta haciendo variaciones en torno a "Besame mucho". Y en ese justo instante, cuando las ondas producidas por estos tres instrumentos se trenzaban en el aire se imponía un nuevo tiempo que anulaba el ritmo del segundero de los relojes de pulso. El ruido del ir y venir se cambiaba entonces por la marcha de los pasos al compás; y como ratas mudadas en guacamayas, los oficinistas, redimidos por estos nuevos flautistas de Hamelin, se aglomeraban al rededor de los músicos olvidandose de sus obligaciones. Pero he aquí que en esas llegaron tres "flics" (que es el nombre despectivo que se emplea para decir "policias", y que por respeto nunca usamos pero que en este caso va con méritos) y rompiendo el corrillo con sus corpulencias mandaron a todo el mundo al trabajo y a los músicos a otra parte. Para mí esa fue la más firme evidencia de que verdaderamente existe eso que llaman "El sistema"; me refiero a esa idea un poco abstracta de un orden prestablecido que lucha por mantenerse a consta de la felicidad de la gente. Se me figura como un engranaje en el cual estamos comprendidos como dientes. A simple vista, el hecho de que hubiera tres músicos tocando como angeles en el metro era completamente inocuo; pero estaban represando a la gente y el subterraneo está diseñado como un lugar de paso en el cual se debe caminar rápido, pues se parte de la idea de que debemos vivir galopando en la celeridad para que esta gran ciudad y el mundo se muevan. Y de allí se puede deducir todo el estilo de vida que desde que nacemos nos estan imponiendo: la idea de la puntualidad, la exigencia de la productividad, la veda de la siesta, el menosprecio del arte, el principio de autoridad, la obedicencia, el control policíaco de las iniciativas personales, etc. Y si uno se detiene a pensar cuál es el orden mundial que está sustentando cuando acepta no represar a la gente que mueve la máquina del mundo, más ganas le entran a uno de aprender a tocar un instrumento que de permitir la libre circulación. Basta con leer las noticias para convencerse de ello. Uno admite la conveniencia de comportarse de modo racional con la idea en mente de estar contribuyendo a la vida en comunidad, pero el modo en que se desenvuelven nuestras vidas apunta más al sostenimiento de los grandes negocios que a la busqueda de la felicidad. Actuamos cívicamente y ofrecemos día a día nuestro trabajo y nuestras vidas para permitir el funcionamiento de un orden insensato y oportunista que no duda en apelar a la guerra, y a la violencia en general, para lograr algún beneficio económico.
Siendo que la autoridad está chiflada y existe el imperativo de la obediencia, es hora de que comencemos a comportarnos como mentecatos. Si me siguen, a mí me suena la idea de don Quijote de que nos cambiemos el nombre y nos convirtamos en pastores: "y llamándome yo el pastor Quijótiz, y tu el pastor Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados". Aunque tengo que confesar que es más de mi gusto la idea de hacer cabriolas: "Por lo menos, quiero, Sancho, y porque es menester ansí, quiero, digo, que me veas en cueros, y hacer una o dos docenas de locuras, que las haré en menos de media hora (...) y desnudándose con toda priesa los calzones, quedó en carnes y en pañales, y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas la cabeza abajo y los pies en alto".
Siendo que la autoridad está chiflada y existe el imperativo de la obediencia, es hora de que comencemos a comportarnos como mentecatos. Si me siguen, a mí me suena la idea de don Quijote de que nos cambiemos el nombre y nos convirtamos en pastores: "y llamándome yo el pastor Quijótiz, y tu el pastor Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados". Aunque tengo que confesar que es más de mi gusto la idea de hacer cabriolas: "Por lo menos, quiero, Sancho, y porque es menester ansí, quiero, digo, que me veas en cueros, y hacer una o dos docenas de locuras, que las haré en menos de media hora (...) y desnudándose con toda priesa los calzones, quedó en carnes y en pañales, y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas la cabeza abajo y los pies en alto".
