miércoles, junio 23, 2004
A principios del siglo XX mucha gente entró a los Estados Unidos con el puño cerrado. La imagen es la de un hombre joven vestido de paño gris (a la antigua) con sombrero y botas, sucio, sin equipaje, sin un peso, recién bajado de un barco, caminando por un puente en mitad del cual hay dos oficiales y un escritorio: es la policía aduanera.
-Trae dinero?
-No.
-Y qué va hacer aquí?
-En mi mano derecha, la que traigo cerrada, hay una pulga con huevos que he estado alimentando con la sangre de mi dedo gordo: voy a montar un circo de pulgas que será todo un éxito.
-Siendo así, siga por favor.
Cuando se abrieron los huevos, el inmigrante amamantó las larvas en el marsupio de su axila. Más que una madre para ellas, era un Dios; en cuyo universo no existía el libre albedrío sino sólo las frases en imperativo, la sangre y una diminuta arena llena de monociclos y trapecios. Ese tiempo fue duro. Sin dinero y alimentando una treintena de pulgas logró inaugurar su circo con apenas la fuerza suficiente para estirar el sombrero y reclamar unas monedas. Al fin, a punta de funciones en cada esquina, reunió el dinero para alquilar un local, que recordaba las imágenes que uno tiene del almacén de Thomas Alba Edison, sólo que en lugar de baterías y bombillos ahí había acuarios llenos de criaturas extrañas y ponzoñosas. Esta era la versión animal de la feria de los freaks.
Pasó el tiempo de las pulgas (su vida es demasiado corta) y vinó la era de las serpientes de coral y los alacranes. El circo romano de las espadas venenosas. La lucha a muerte entre la cobra y la mangosta (no había ni cobra ni mangosta pero eso suena épico). El duelo de los colmillos y los aguijones. Todas esas eran las frases rimbombantes que atraín al público morboso de principios de siglo.
Ya tiene la edad y el dinero que se necesita para formar una familia, pero ahora lo que le está faltando es cordura. El mundo se mueve sin necesidad de temblores, las cosas cambian de colores, se escuchan zumbidos y voces. Sobre todo la del escorpión que habla con voz entrecortada como haciendo gárgaras en su propio veneno. Es una voz chillona. Podría decirse que como la de un niño pero sólo a condición de que ese niño se llame Damián. Enfermo de amor paterno, el inmigrante le ha cogido cariño, y como en los tiempos de los hematófogos se deja picar y obedece a sus reclamos y a sus malos consejos. Las alucinaciones aumentan y llega el tiempo del dialogo con la serpiente. Ella habla silbando. Como una tartamuda corta las silabas para sacar la lengua. Está celosa y no ve la hora de clavar sus colmillos. Pero él se da cuenta y entonces introduce el alacrán en el acuario de la serpiente para que la pique de una vez por todas. Hay una batalla que habría costado un millón de dólares. Diríamos que estas criaturas son sólo caparazón y escamas, y que están hinchadas de veneno, pues por todas partes salpica un agua malsana y cuando se acerca a ver está solo la piel de la serpiente y un charco verde que la baña. La coge así sin guantes, se unta de veneno, y mientras saca al alacrán éste lo pica y se le cae de las manos. El delirio es máximo. El se pregunta mientras la cabeza le da vueltas apoyado en el borde de la cama: Dónde dejé la curarina?
Este fue mi sueño extraño de las seis de la mañana.
Nota:
Curarina: planta de la que se extrae el antídoto del mismo nombre que se usa para combatir las mordeduras de serpientes y de otros animales venenosos.
-Trae dinero?
-No.
-Y qué va hacer aquí?
-En mi mano derecha, la que traigo cerrada, hay una pulga con huevos que he estado alimentando con la sangre de mi dedo gordo: voy a montar un circo de pulgas que será todo un éxito.
-Siendo así, siga por favor.
Cuando se abrieron los huevos, el inmigrante amamantó las larvas en el marsupio de su axila. Más que una madre para ellas, era un Dios; en cuyo universo no existía el libre albedrío sino sólo las frases en imperativo, la sangre y una diminuta arena llena de monociclos y trapecios. Ese tiempo fue duro. Sin dinero y alimentando una treintena de pulgas logró inaugurar su circo con apenas la fuerza suficiente para estirar el sombrero y reclamar unas monedas. Al fin, a punta de funciones en cada esquina, reunió el dinero para alquilar un local, que recordaba las imágenes que uno tiene del almacén de Thomas Alba Edison, sólo que en lugar de baterías y bombillos ahí había acuarios llenos de criaturas extrañas y ponzoñosas. Esta era la versión animal de la feria de los freaks.
Pasó el tiempo de las pulgas (su vida es demasiado corta) y vinó la era de las serpientes de coral y los alacranes. El circo romano de las espadas venenosas. La lucha a muerte entre la cobra y la mangosta (no había ni cobra ni mangosta pero eso suena épico). El duelo de los colmillos y los aguijones. Todas esas eran las frases rimbombantes que atraín al público morboso de principios de siglo.
Ya tiene la edad y el dinero que se necesita para formar una familia, pero ahora lo que le está faltando es cordura. El mundo se mueve sin necesidad de temblores, las cosas cambian de colores, se escuchan zumbidos y voces. Sobre todo la del escorpión que habla con voz entrecortada como haciendo gárgaras en su propio veneno. Es una voz chillona. Podría decirse que como la de un niño pero sólo a condición de que ese niño se llame Damián. Enfermo de amor paterno, el inmigrante le ha cogido cariño, y como en los tiempos de los hematófogos se deja picar y obedece a sus reclamos y a sus malos consejos. Las alucinaciones aumentan y llega el tiempo del dialogo con la serpiente. Ella habla silbando. Como una tartamuda corta las silabas para sacar la lengua. Está celosa y no ve la hora de clavar sus colmillos. Pero él se da cuenta y entonces introduce el alacrán en el acuario de la serpiente para que la pique de una vez por todas. Hay una batalla que habría costado un millón de dólares. Diríamos que estas criaturas son sólo caparazón y escamas, y que están hinchadas de veneno, pues por todas partes salpica un agua malsana y cuando se acerca a ver está solo la piel de la serpiente y un charco verde que la baña. La coge así sin guantes, se unta de veneno, y mientras saca al alacrán éste lo pica y se le cae de las manos. El delirio es máximo. El se pregunta mientras la cabeza le da vueltas apoyado en el borde de la cama: Dónde dejé la curarina?
Este fue mi sueño extraño de las seis de la mañana.
Nota:
Curarina: planta de la que se extrae el antídoto del mismo nombre que se usa para combatir las mordeduras de serpientes y de otros animales venenosos.
