viernes, junio 11, 2004

BREVE APOLOGIA DE SAINT MAUR DES FOSSES

La otra noche estaba en un bar con unos compañeros de la Sorbonne y entonces yo saqué mi celular y vi la hora (nunca antes había tenido celular, es más ni sabía usarlo, y ahora me parece una maravilla: me dice la hora, me despierta en las mañanas, tiene calculadora, calendario, hace llamadas, envia textos, etc. Es como la navaja del hombre de ciudad). Y entonces le dije a mis compañeros: "he, le gars, je dois partir parce que je risque de rater le dernier train". Lo que en buen cristiano significa: "oigan, me tengo que ir porque sino me va a dejar el tren". Entonces una amiga y su novia vinieron conmigo pues estaban en la misma situación.
Por el camino esta última me preguntó que donde vivía. Yo le dije con desilución "très, très loin d'ici, à Saint Maur des Fossès". Entonces ella se rió y me dijo que coincidencialmente ella vivía en la misma Banlieu. Por el camino nos fuimos hablando y cuando llegamos (hacía una noche fresca y no había nadie en la calle), caminamos hasta la Mairie (la alcaldia), pues ella, por seguridad, deja siempre parqueada allí su pequeña cicla de cross.
Prendió un cigarrillo y con dirección a nuestras casas, yo caminaba mientras ella pedaleaba despació. Hablabamos lo que mi vocabulario limitado permitía. Se acercaron unos borrachos riéndose y pidiendo información sobre donde coger un taxi. Al doblar una calle nos sorprendió una brisa muy agradable y ella dijo que le encantaba Saint Maur des Fossés. Yo le pregunté escéptico que por qué y ella respondió "tu vois, c'est très calme, on peut marcher au milieu de la rue". Llegamos a una glorieta, nos despedimos y entonces ella botó el cigarrilló y empezó a pedalear con fuerza en su pequeña cicla monareta, hasta que se perdió de vista, por una avenida iluminada con faroles.
Me cayó bien Alex y ahora me doy cuenta que tenía razón. Es cierto que St Maur es "calme" y por eso me voy a quedar un tiempo más. Pero por lo general es "trop calme" y por eso no me voy a quedar toda la vida.

miércoles, junio 09, 2004

Esta semana comí con unos amigos a la orilla del Sena, salmón ahumado en tiritas, queso, vino y baguette. A falta de servilletas y ante la imposibilidad de lavarme las manos en el río, me limpie las manos en el pantalón. No lavo mucho que digamos, solo una vez al mes, y ahora mi pantalón que reposa en la bolsa de la ropa sucia le ha contagiado a mi cuarto el olor a pescado. Cada vez que entro es un shock, pero después de unos minutos ya ni se nota. Hoy voy a dejar este cuarto. A buena hora pues ya estaba cogiendo un tufillo insoportable. Voy a deshacerme de la ropa sucia antes de la revisión de la propietaria. Eso es.
Y lo que viene de aquí en adelante no se cómo va a ser pero no me da miedo. Por lo general no soy tan valiente pero el domingo vi una pequeña película que se llamaba "Le droit chemin" (Peter Fischli y David Weiss, 1983) y yo que nunca soy de los que guardan las distancias, yo que soy una completa Madame Bovary, me deje contagiar a tal punto por el espiritu de los personajes que bien puedo decir: "Yo soy como la luna: voy y vengo todo el tiempo, observo a todo el mundo y no tengo miedo".
Mi nuevo cuarto es pequeño: una cocinita, una mesita y una cama bajo un techo inclinado, todo en diez metros cuadrados. Pero es tan barato como el actual y eso en Paris es una ganga.
Sobre la propietaria no hay que hacerse ilusiones. Todas estas viejas estan cortadas con la misma tijera: solo se interesan por el dinero. Ya tienen de sobra y en el colmo de la mezquindad no tienen reparos en vampirizar (como me gusta ese verbo) a un puñado de estudiantes extranjeros con tal de obtener unos cuantos euros. Lo unico bueno con respecto a la propietaria de la nueva casa es que no la tengo que ver nunca.
Yo, el ermitaño, vuelvo a mis labores.
Bueno, pero así como lo digo suena un poco triste. Hay que pensar en que voy a vivir en Paris, voy a poder salir a caminar, a perderme entre la gente cada vez que me venga en gana. Mi cuarto queda en un sexto piso (sin acensor) y tengo una vista muy bonita sobre la ciudad. Todo me queda a diez minutos, la universidad, los parques, los cines, los museos, las bibliotecas; y si algun día pierdo el metro siempre puedo llegar a mi casa caminando.

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